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ANTONIO BURGOS | EL RECUADRO


Claro que se necesitan camareros

Atribuyen a la gracia de Utrera en el año de la pera el ingenio de aquel guasón que al ver el letrero de «Se vende» en un chunguísimo local comercial vacío, cogió un cisco picón y escribió debajo: «¿A que no?». España entera está llena de letreros como el «Se vende», pero referidos al gremio de la hostelería: «Se necesitan camareros». Y si el guasón utrerano viera esos letreros al terminar de comer en uno de esos restaurantes, seguro que sacaba su cisco picón y ponía: «Lo que necesitáis es un metre que enseñe a ser camareros a esta manta de inútiles».
Sin pintada crítica, ha venido a decirme lo mismo un amigo que acaba de regresar de un viaje de negocios por Extremo Oriente, de Japón a Hong Kong. Intentábamos almorzar en un restaurante de la costa de cuyo nombre no quiero acordarme para no mentarle sus castas todas al dueño. Y nos teníamos que dedicar al más extendido deporte playero. El deporte playero más practicado no es el voley, ni el surf con cometa: es la caza del camarero. No vamos al restaurante de la playa a almorzar, sino a cazar a lazo un camarero que te atienda. La dificultad de encontrar un camarero que te atienda es directamente proporcional a la cercanía del mar, mucho más difícil en la mesa del chiringuito a pie de playa que en un restaurante del pueblo.
Y en la caza del camarero estábamos, al ojeo y al aguardo, levantando más la mano que un juez de línea con el banderín, sin que ninguno atendiera a nuestro reclamo para que por lo menos nos entregaran la carta y nos tomaran nota de las bebidas, cuando el amigo que acababa de llegar de Extremo Oriente me dijo:
-Cuando vas a Hong Kong o a Macao te das cuenta de todo lo que hemos perdido en calidad del servicio. Nosotros aquí sentados estamos buscando desesperadamente un camarero desde hace ya casi media hora, ¿no? Bueno, pues en cualquier país oriental, ya habrían venido siete mil camareros a colmarnos de atenciones. Pero no estos camaroteros que padecemos en España, que se acaban de bajar de la patera, la patera del Estrecho o la patera de Barajas, sino como eran aquí antiguamente. Aquellos camareros con su mandilón blanco hasta los pies, ceremoniosos, educados, a los que no les tenías que pedir nada, porque te adivinaban todas tus necesidades. Y, además, sin una mala cara, no como éstos, que parece que te están perdonando la vida y haciéndote un favor.
¿Cómo podemos tener tan poca calidad en la primera industria que dicen que es el turismo y la hostelería? ¿Por qué todos los camareros te sirven de cualquier manera, tirándote los platos, y con esas caras tan desagradables, y te tratan tan mal, como si estuvieran enfadadísimos contigo por haber ido a dejarte el dinero precisamente en el sitio que a ellos les da de comer y al dueño lo está montando en el dólar?
Se lo pregunté a quien sabe. A un patriarca de la hostelería: a don Antonio Lopera y López de Priego, antiguo director del hotel Alfonso XIII y fundador del Villamagna de Madrid y del Puente Romano de Marbella. Me dijo:
- No hay calidad en el servicio porque los camareros no tienen de quién aprender. Aquí se le pone una chaquetilla blanca al primero que se encuentra y, hala, dicen que tienen un camarero. El problema no es que no haya camareros, como ponen esos carteles que me comentas: es que no hay metres, ni jefes de comedor, vamos, ni jefes de rango, y, lo que es peor, ni quienes puedan enseñar.
Y añado: ¿no podía ponerse de moda el arte de atender bien a los que pagamos en los restaurantes, como hacen furor las tonterías, inventos y tomaduras de pelo de la nueva cocina como arte de vanguardia, que a este paso van a terminar llevándola al MOMA? En vez de tantos platos cuadrados, tanta emulsión y tanto cocinero-estrella, ¿por qué no lanzamos a la fama a un Arzak del buen servicio de comedor, a un Adriá de diligencia, eficacia y amabilidad en los restaurantes? Es todo un síntoma que haya tantos cocineros-estrella y ni un solo metre-estrella. Por lo visto, ya hay más restauradores que camareros. «Se necesitan camareros»...y se necesita poca vergüenza para poner de camareros a tantos señores que en su vida se han visto en otra.

 

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