Antonio Burgos / El Recuadro

El Mundo, 26 de diciembre de 1996

Antonio Burgos

Las botas blancas de Alfonso

 

Menos mal que no se las ha puesto Finidi, porque iba a ser el negro que tenía las botas blancas. Las botas blancas se las ha puesto Alfonso, de quien no me esperaba yo esto. Ya es saña, que los béticos, esto es, los verderones, los verdolagas, los pepinos, que nos dicen los palanganas, tengamos que estar pendientes en nuestra gloriosa cabeza de Liga de una bota que hace eslalon ante la puerta del Sevilla y les marca el segundo, pero que tiene los colores del enemigo.

Con lo extensa que es la paleta de colores, no se le ocurre a Alfonso otra cosa que ponerse las botas blancas. ¿Tú no ves?, si fueran unas botas amarillas y azules, del Cádiz, serían otra cosa. O unas botas azules y granas mismo. Incluso, ya que blancas, se les dan a las botas de Alfonso dos brochazos con titanlux verde y quedan divinas: las botas de las trece barras gloriosas, podíamos decir. Pero te has puesto unas botas sevillonas, Alfonso, hijo, palanganas perdidas, y esto es acabar con la estética del manquepierdismo. Que no se entere Antonio Hernández, que le da el infarto y vamos a tener que pasar un pañuelo para llevarlo al doctor Fuster en Nueva York, como marca la moda.

Unas botas blancas son casi tan horteras como unos calcetines blancos. La máxima horteridad de los calcetines blancos, como las botas, es que con ellos se anda de palangana por los bajos. No habrá visto usted a ningún bético de pro con calcetines blancos. Es inimaginable ver con calcetines blancos a Rogelio Gómez Trifón, ni a Gregorio Conejo, Gregorio I el Inevitable, pontífice máximo de salir en las fotos, más que el señorito olímpico, que es un aficionado al lado de Gregorio, un profesional. Al que por cursilondio sí le pegaba llevar calcetines blancos era a Ruiz de Lopera, que sería mucho de los calcetines blancos si no fueran de la competencia, del novio de la Pelagatos. Pero Ruiz de Lopera coge y les pone a los calcetines blancos el mismo tinte de chorreón impresentable que se echa en el pelo y le quedan divinos, marroncitos, que parece que los ha comprado en Gibraltar, los calcetines, no el tinte, que parece que en cuanto sude se le van a caer los chorreones de cánfort por las mejillas. No es tinte: Lopera lo que se echa en los pelos es cánfort, como Peret, o incluso hay quien dice que crema Tractor.

Si no fueran blancas la botas de Alfonso, a mí me habría salido un artículo precioso sobre el mérito que tiene marcarle un rosco al Sevilla con bambas en vez de botas. La impresión que da Alfonso es que no lleva botas, sino zapatos deportivos, tenis, playeras. La impresión que da es que el Betis está cortito y no hay ni para botas en la utillería. Vamos, como si el presupuesto no diera más que para botas de becerro como de los catetos de los chistes de Gandía y tuviera que aviarse el hombre poniéndose más cómodo con las bamba Pirelli o con los tenis marca La Cadena o El Pirata comprados en una alpargartería. Alpargatería pura. No cabe más duda que saber si se las ha comprado en una alpargatería de la Puerta de la Carne o en la costa de Carmelo Orozco en la calle Regina, pero de alpargatería desde luego que son.

Hijo, Alfonso, quítate las botas blancas cuanto antes. Si le tienes mucho cariño, póntelas en Nochevieja, para esos cotillones horteras que exigen "media etiqueta". Son botas de media etiqueta o de costalero de palio del Porvenir jugando al fútbol, pero en ningún caso pueden pasar la ITV de los que somos béticos por razones estéticas, ya sabes, el verde de los Omeyas, el verde de Gordillo, el verde de Rogelio, el verde del Pali, el verde de Romero Murube, el jazmín y el arrayán hecho fútbol. Porque al contrario de manos blancas, botas blancas sí ofenden. A la vista.


   

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