Antonio Burgos / Antología de Recuadros

El Mundo, 23 de diciembre de 1995

Antonio Burgos

Los sobres, Zabala, ya no están en los toros

 

Es como si ahora entraras, Vicente Zabala, en aquella barbería de prensa que teníamos montada de guasa en Sevilla, una víspera de feria, y continuaras la broma, en el papel que te asignábamos de señor de Madrid que viene a ver los toros y se pasa para un arreglo de cuello y un enterarse cómo está la fiesta y si se ha vendido todo el papel para lo de esta tarde. Tú ahora, con esa muerte colombiana y antigua, sí que has vendido todo el papel. Aquí para salir por la puerta grande de la gloria no hay como tomarse el cuidado de morirse cumpliendo los cánones que decía Ruano, de cara al enemigo y con el uniforme del cuerpo al que se pertenece. Como quedan, Vicente, pocos aficionados de barbería, de páginas de El Ruedo y de crónicas de K-Hito en el Dígame, nadie ha recordado tu cercanía a la muerte también americana y aérea de Chicuelo II, aquel torero tremendista de Albacete de los tiempos de Pedrés, cuando el que mandaba era todavía tu Antonio Bienvenida de tu alma.

Tú que eras tan del Papa Negro has recibido este regalo tan americano de Papá Nöel vestido de negro, una cierta inmortalidad en un mundo, como el periodístico, donde la gloria es siempre tan efímera como lo que dura la clave del prodigio de un natural bien temperado. Como soñamos el toreo también soñamos ahora tiempos idos. Yo mismo te veo recién casado con Peñuca, por los soportales de la calle Alemanes de Sevilla, siempre en vísperas de toros, gastándonos bromas sobre los sobres. En aquella barbería de papel y de guasa, siempre hacíamos el pasillo de comedia. Yo hacía de personaje de un poema de Adriano del Valle, el padre del que debutó el domingo, y tú eras la antítesis de ti mismo, un trincón: «Don Vicente, que con el mozospás le he mandado un detalle, para que ponga usted bien a mi niño, que torea mañana...» Y tú, siempre en la guasa que aprendiste de calzón corto en Sevilla, seguías en la ficción de lo que nunca fuiste: «Se le pondrá a su niño de usted según haya sido el detalle que haya mandado usted al hotel con el mozospás.»

La verdad, Vicente, es que a tu hotel no llegaban sobres, sino hermanos Ríos Mozos para convidarte a comer, oficiales barberos de verdad del maestro Berro para darte la foto de una verónica de ensueño de Antonio Gallardo que te prometieron, quizá el coche de caballos que te ponía Fermín para que te dieras un garbeíto por la feria. Yo te veía allá arriba, en tu balconcillo de sombra, el 16, y sabía que si había una forma de no disfrutar viendo una corrida de toros, era la tuya, siempre con el teléfono en la mano, dictando la faena de Ponce al tercero cuando ya estaba Curro tocándole los costados al cuarto, y no habían arrastrado al sexto cuando ya estabas grabando a pie de grada el resumen para Antena 3, y a éstas con la crónica del periódico empantanada y con un redactor jefe de cierre dando la bronca por el telefonillo. Desde luego que en esta jodida profesión nuestra, más cornadas da siempre la honradez.

Porque tu gran mérito fue acabar con el afeitado de las crónicas. Cuando estábamos en la Escuela Oficial de Periodismo, los revisteros metían sus críticas en el cajón de curas de los sobres. A mí me lo dijo Elías, el barbero del Aero Club, que era mozospás de Antonio Codeseda, cuando se enteró de que estudiaba Periodismo: «Niño, dedícate a la crítica taurina, que ahí hay dinero...» Tú te dedicaste, Vicentón, a la crítica taurina precisamente para que no lo hubiera. Sacaste a la crítica taurina del vestíbulo del Wellington y del bar del Hotel Colón, que no es poco mérito, y la pusiste en el balconcillo de la independencia. Tú fuiste el que llamaste por vez primera sobrecogedores a los revisteros de aquella tropa, a los críticos que cogían a medias el taxi de la Columna Mangada, si mangarían, para sacar el dinero a los pobres toreros modestos por las ferias de los pueblos. Sólo por esto te debemos el rigor de la memoria los que somos aficionados a los toros y a escribir en los papeles. Hiciste una raya en aquellas turbias aguas para decirnos tu verdad de la fiesta, la compartiéramos o no. Ahora que has muerto como mató el toro del avión a Chicuelo II, te digo, Vicente, que gracias a ti los sobres son ya dedicación exclusiva del pase de la firma de la cúpula de Interior.


 

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