Me río de Janeiro

"España se ha llenado de la transición a esta
parte de falsos Carnavales, inventados
por los ayuntamientos"

Carnaval, Carnaval, Carnaval febrero...", como cantan en Santa Cruz de Tenerife. "Esto sí que es Carnaval", como dicen en Cádiz. Y en Santoña, y en Ciudad Real, y en Badajoz, y en Vinaroz, y en tantos y en tantos sitios. En demasiados sitios. No es que yo tenga nada contra el Carnaval. Todo lo contrario. Cádiz me honró haciéndome el pregonero de sus Carnavales, sin trincá por mi parte ni una sola peseta y pagándome hasta el hotel. Eso del pregón del Carnaval de Cádiz es un honor como si le dan a uno el Oscar en la Academia de Hollywood... sin haber nacido en Hollywood. Me encanta el Carnaval. Creo, con Larra, que todo el año es Carnaval, y que ocurre en Carnestolendas como con los periódicos el 28 de diciembre, cuando publican noticias inventadas a modo de inocentada: que entonces es cuando se te tambalean las más firmes convicciones, y llegas a pensar que a veces la realidad es más ficticia que la propia ficción y que la parodia a veces es menos cómica que la propia ridiculez de los hechos.

Y una vez sentado que me declaro partidario de la necesidad social de la catarsis de esta fiesta, carnavalero, como se dice ahora con espantosa palabra, digo que hay demasiados Carnavales en España. Carnavales que no lo son. Entiendo por Carnaval una fiesta hecha por el propio pueblo, que saca sus murgas y sus charangas, o sus coros y sus chirigotas, su carrozas, sus máscaras, su entierro de la sardina, sus dioses Momo y sus brujas Piti para burlarse de la autoridad y para introducir el necesario elemento de caos en un orden impuesto coercitivamente desde arriba. Entiendo por Carnaval esos pueblos que lo viven todo el año, donde las peñas de Carnaval, al modo de las escuelas de samba del Brasil, son una forma de vertebración ciudadana mucho más fuerte y con más extensa y honda implantación que las asociaciones de vecinos. Son las excepciones, y le concedo la generosidad de la duda de que ese Carnaval de su ciudad o de su pueblo pueda usted inscribirlo directamente en este apartado de los carnavales sin norma, espontáneos, populares, surgidos de la tradición, que resistieron hasta al prohibicionismo de la dictadura.

España se ha llenado de la transición a esta parte de falsos Carnavales, Carnavales inventados por los ayuntamientos en pueblos y ciudades sin la menor tradición de las Carnestolendas. Carnavales surgidos del ansia de protagonismo de un concejal de Fiestas, cuando no de un teniente de alcalde delegado de Cultura o de ambas cosas a la vez. Carnavales que no tienen más vida ni más arraigo que los millones que se consignan cada año para la fiesta en los presupuestos municipales. Son como un Carnaval del Carnaval, me explico: un remedo de otros Carnavales. Quién copia el modelo de Santa Cruz de Tenerife, y se pone a vestir con largos, lujosos, vistosos, pesados y carísimos vestidos a todas las chicas, guapas o feas, de la localidad, con las que organiza costosas cabalgatas con obligadas batallas de papelillos y serpentinas, amen de los grandes festorros "populares", con orquestas y artistas en cuya contratación se queda cada mes de febrero medio presupuesto municipal. Quién copia el modelo de Cádiz, y, con gracia o sin ella, saca a las calles unas murgas para que canten canciones satíricas sobre los políticos locales... Los mismos políticos locales que subvencionan a esas murgas para que salgan a la calle y el Carnaval local aparezca como Dios manda en las páginas del periódico de la capital de la provincia y, con suerte, en los informativos de cobertura regional de TVE.

Estos Carnavales municipales y espesos tienen tanta fuerza que acaban en cuanto sustituyen al concejal de Fiestas o deja el ayuntamiento de ser generoso en los presupuestos. Nada más triste que uno de estos Carnavales hechos de arriba abajo, del ayuntamiento para el pueblo, y no del pueblo contra el ayuntamiento, como ha sido el Carnaval toda la vida de dios... del dios Momo. En Cádiz, cuando la dictadura prohibió los Carnavales, subsistieron en forma de Fiestas Típicas. Aquellas Fiestas Típicas Gaditanas de la dictadura, con todos sus impedimentos de censura, eran Río de Janeiro o el Mardi Grass de Nueva Orleans al lado de estos Carnavales nacidos de la voluntad municipal.

Y nada tan ridículo en ellos como el solemne pregón del Carnaval, con rito de juegos florales, donde un famoso de tres al cuarto, previo un generoso cobro del caché famoso, se siente en la obligación de decir tres pamplinas desde un balcón del ayuntamiento o desde un tablao de la plaza. ¿Cuántos millones se gastan los ayuntamientos españoles en pagar a los pregoneros del Carnaval? Nadie ha echado las cuentas, pero tiene que ser una millonada. Eso sí que es un lamentable Carnaval, y no el verdadero Carnaval del pueblo que prohibió la dictadura en 1938 y que ahora tratan de imponer los ayuntamientos con la dictadura de las urnas en muchos lugares sin tradición carnavalesca alguna. Me río de Janeiro... *

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