Don Pepe Meliá en el Meliá Don Pepe

"Era el último de los capitanes de empresa de unos grandes negocios subidos como la espuma en la España de los Planes de Desarollo y venidos abajo sintomáticamente en la transición"

Gerardo Diego vio un mes de abril, y lo eternizó en un poema inolvidable, a las "sevillanas bailando sevillanas" y nosotros, cada mes de agosto, veíamos a un retruécano mucho más divertido e insólito: a don Pepe Meliá en el Meliá Don Pepe. Lina Morgan, asidua de todos los años, no me dejará por embustero. Para los veraneantes del hotel Don Pepe marbellero, la estampa de don José Meliá allí en los jardines, junto a la piscina, era como un símbolo vivo de aquella casa mantenida en su viejo espíritu por el Conde de Perlac y por Justo Sánchez, pero también era el espejo inflexible del paso del tiempo. Sabíamos lo que habíamos envejecido cuando nos mirábamos en el progresivo deterioro de don José Meliá. Lo decía Jesús el Piscinero, no sin dolor, desde sus propios, nobilísmos pelos blancos de lord inglés de las tumbonas y las butacas:

-- Don José ha pegado este año un bajón bastante buenecito...

De verlo pimpante bajo su sombrilla, pasamos a verlo encorvado más tarde y con los pies renqueantes, luego con bastón, ayudado por otro a ponerse en su sitio de todas las mañanas bajo los pinos, finalmente en silla de ruedas. Hicieron este verano rampas nuevas por las escaleras de bajada del bar de la piscina y por los jardines de plataneras y bambúes, y los viejos veraneantes del lugar decían:

-- Dicen que son por las ordenanzas sobre minusválidos, pero estas rampas las han hecho para que pueda bajar don José...

Don José a secas, en el Meliá Don Pepe, no era el de la ópera Carmen, sino Meliá. El creador de aquel imperio de cuya propiedad apenas le quedaban el honor del nombre y una habitación permanentemente reservada en una alta esquina donde en los días claros se ve el perfil de Ceuta y de la costa africana. Meliá era el último de los grandes empresarios de la dictadura, como superviviente de un tiempo, con su puro bajo la sombrilla. Era la terrible realidad de aquellos en otro tiempo poderosos capitanes de empresa de unos grandes negocios subidos como la espuma en la España de los Planes de Desarrollo y venidos abajo sintomáticamente en la España de la transición. Banús era ya sólo el nombre de un puerto deportivo en los embotellamientos del caer de la tarde en Marbella, y no del constructor que hizo el barrio del Pilar, y Meliá era ya sólo el nombre de una cadena de hoteles comprada por un magnate de Mallorca, después de muchos malos tragos bancarios, de muchos tumbos y retumbos y de pelotazos de Giancarlo Parretti.

Don Pepe Meliá estaba bajo su sombrilla de la piscina del Meliá Don Pepe, ¿y quién se acordaba ya de Barreiros, como no fuera por el apellido de la mujer de Polanco? Aquí se puso de moda en un tiempo reciente una Biutiful, pero en todo tiempo hubo una Biutiful. El propio Meliá, Banús, Barreiros, Fierro, Coca ¿no fueron acaso una Biutiful a la que sólo le faltaba el nombre? ¿Cuántos hoteles de Meliá no inauguró Fraga de ministro de Información y Turismo? ¿Cuántas fábricas de Barreiros no salieron en el No-Do? ¿Cuántos pisos construidos por Banús no se inauguraron en el Madrid de los últimos trolebuses?

Eran, de otro lado, como los millonarios americanos que salían en las películas, todos los cuales habían empezado vendiendo periódicos antes de ser el rey del aluminio, el rey del estaño, el rey de las lavadoras, el rey de los frigoríficos. Aquí, aunque la mayoría no es enfervorizadamente monárquica a pesar de que esto siempre fue un Reino, la verdad es que a los millonarios no les llamamos nunca "reyes" de nada. Aquí solamente Ramoncín fue "el rey del pollo frito", como el tío de las barbitas de Kentucky. Pero, en la práctica, Pepe Banús era "el rey del ladrillo", y Barreiros era "el rey de los camiones", y Fierro era "el rey del Banco Ibérico", y Meliá era "el rey de los hoteles". Todos ellos habían empezado como los millonarios americanos, aunque no los hubieran proclamado reyes, aquí todo lo más se proclamaban Faraones, como el título que le puso Gonzalo Carvajal a Curro Romero en el diario Pueblo de Emilio Romero, el gran cronista crítico de aquella España. Banús comenzó de albañil para acabar siendo el rey de los ladrillos y Pepe Meliá empezó vendiendo billetes de Renfe en una agencia de viajes.

Contemplo a don Pepe en su sombrilla y en la memoria lo evoco bajo el gran letrero de su hotel-insignia, que en enormes letras azules proclamaba su nombre en la orilla de la mar, de la Mar...bella anterior a Jesús Gil, cuando aquello no era ya el sueño de cuatro ilustres pergaminos y dos estrellas de Hollywood atraídos por Alfonso de Hohenlohe y Ricardo Soriano, sino la puesta en regadío turístico de lo que habría de ser y sigue siendo la primera industria española... Se fue hace unos meses Alfonso Fierro desde su casa de Los Monteros y ahora se va don Pepe Meliá desde el Meliá Don Pepe. De toda aquella España de los millonarios del franquismo no queda en pie más que la obra de Ramón Areces que, como el Cid, sigue abriendo cortes ingleses después de muerto.  

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