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Camaronmanía  Más sobre Camarón: "Camarón en Mister Minit" 

C

urro Romero me lo contó al revelarme las esencias de su vida. Aquellos duros años de los jornaleros andaluces del cante, que en tiempos de la emigración española a Alemania se habían tenido que ir a ganarse la vida en los tablaos de Madrid. Llevaban apuntada en una libreta la dirección de una oscura pensión madrileña donde los esperaba un primo que les había buscado entrar de cantaores en el cuadro de Las Brujas, de Torres Bermejas, en el mejor de los casos en Los Canasteros, que Manolo Caracol había abierto en la calle Barbieri. Como España vivía los años del desarrollo, los reservados de Villa Rosa que describe Arturo Barea en La forja de un rebelde, los de aquellas flamencas juergas jerezanas del general Primo de Rivera, se habían hecho mayores. Ahora eran las salas que vivían de los trasnochadores, de los turistas ricos americanos que paraban en el Castellana Hilton y de los inevitables y perennes señoritos tarambanas. Allí empezó a trabajar Camarón de la Isla, en uno de aquellos tablaos-frestaurantes de Madrid. Debía de ser terrible, según lo cuenta Romero. Estaba el cantaor en el tercio supremo de una soleá mientras los turistas le prestaban mucha atención... al segundo plato del menú de la cena española. Y luego, rompiéndose en el quejío de la seguiriya, a su voz se unía la del camarero:

-- ¡Que sean dos güisquis más!

Si le daban quinientas pesetas por noche a Camarón, muchas pesetas eran. Ganaba apenas para pagar la pensión y para mandar unos duritos a San Fernando. Con mucho esfuerzo. Con muy poco respeto a su arte. Menos mal que por allí por el tablao aparecía muchas noches Curro Rimero. Esperaba que acabara el espectáculo (nunca mejor dicho lo del espectáculo, qué espectáculo) y se llevaba a su amigo Camarón a cenar a una venta de carretera y madrugada, ese pollo al ajillo y esas patatas bravas de los amaneceres flamencos de Madrid. Romero había sufrido más que Camarón oyéndolo cantar en aquel ambiente absolutamente hostil. Sabía la grandeza de arte y de corazón que José Monge tenía. Al acabar la función, era como si redimiese a un cautivo, cuando se lo llevaba a cenar, tranquilo, sin esperar ningún cante a cambio, más que la suprema canción de la dignidad del artista.

Ahora a aquel Camarón de tantas fatigas de los tablaos de Madrid, de las rutas de las galas por los festivales de los pueblos, de los discos grabados con contratos leoninos, al que pasó muchos años de jornalero del cante, se le endiosa, se le mitifica. Se le conceden discos de oro, llaves de oro del cante. Se le da todo cuanto se le escatimó en vida, cuando sólo lo admiraban grupos de iniciados. La Venta de Vargas, donde nacieron sus cantes, se ha convertido como en cueva de Los Beatles en Liverpool, lugar obligado de peregrinación. Se hacen carteles, llaveros, almanaques. Ha nacido la camaronmanía, en esta sociedad que todo lo convierte en objeto de consumo masivo, en moda. Los figurines de la cultura dicen que esta temporada se lleva la Tendencia Camarón en el flamenco. En este año en que el pobre de José hubiera cumplido los 50 años. De haberlos cumplido, quizá, andaría en sus angustias y en sus penas, con los suyos, con sus cabales y sus leales, olvidado y preterido por quienes ahora precisamente son los que lo encumbran, quizá tratando de sacar algún oro de tanto disco y tanta llave póstumos.

Pero Camarón no llegó a cumplir 50 años. No es que siguiera cantando seguiriyas a tanto la pieza mientras los camareros pedían güisquis para los turistas del Castellana Hilton, pero fue devorado por los engranajes crueles del negocio español del arte, donde todo desprecio a los creadores geniales tiene su asiento. Con esta póstuma camaronmanía se cumplen una vez más las normas terribles de la necrofilia española. ¡Qué hermoso hubiera sido que todos estos homenajes los hubiera recibido un maduro y sereno José cincuentón de barbas canas, y no La Chispa, su viuda...!

 


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