
| Un artículo de Antonio Burgos en la
revista |
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del grupo |
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| 1 Juglio 1998 |
| TIME OUT |

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| Hemingway, con El Niño de la Palma y Antonio Ordóñez en una corrida goyesca de
Ronda |
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!Viva la Fiesta !
Traducción del artículo de Antonio Burgos publicado en el número de julio de
1998 de la revista italiana "Capital", del grupo Corriere della Sera
- Piensen que en Grecia existiera un rito popular que hubiera hecho a
Hemingway dedicarle varios de sus libros. Piensen que en Francia existiera una ceremonia
tradicional que hubiera merecido una serie de litografías de Picasso. Piensen que en
Portugal existiera una costumbre de sus pueblos con tal fuerza que Bizet le hubiera
dedicado una ópera universalmente conocida. Esa hipótesis existe en el legado de la
cultura española y tiene un nombre que no necesita traducción: Fiesta. Ese rito,
esa ceremonia tradicional, esa costumbre popular, es más que un deporte, es más que un
espectáculo, es más que una representación. Es la fiesta de los toros, tan
presente en las Bellas Artes. En la literatura, con "Muerte en la tarde" de
Hemingway; en la pintura, con la "Tauromaquia" de Picasso; en la música, con la
"Carmen" de Bizet. Algo tiene que ocurrir en España a las cinco en punto de la
tarde, la hora mágica del poema de Federico García Lorca, cuando empieza la fiesta, bajo
la belleza del sol, con la alegría de la música, con vestidos de brillantes sedas de
colores y luces de bordados de oro, y Hemingway deja la barca del viejo en el mar de la
Florida y se viene a Pamplona; cuando Picasso funde todos sus rosas y sus azules en los
perfiles de la silueta de los toreros de sus litografías; o cuando Bizet convierte en
héroe de una historia universal de amor y de celos al Toreador que enamora a la
gitana cigarrera.
Este milagro de la
cultura española ocurre porque en la península ibérica, que curiosamente tiene forma de
piel de toro, se perpetúa el rito del Minotauro de Creta. El Partenón emerge en Atenas,
los frontones de los templos desafían a tiempo en la Magna Grecia, y en las plazas de
España, a las cinco en punto de la tarde, se perpetúan los ritos de la cultura
mediterránea, los antiguos juegos del toro. Una plaza de toros de España tiene mucho de
Coliseum romano, no en ruinas, sino lleno de vida, luchando contra el tiempo,
venciéndolo, porque es la perpetuación del mismo concepto del espectáculo en la cultura
clásica. El pueblo inventa unos héroes que salen del pueblo, gladiadores de espada
desnuda llena de belleza y de armonía. El pueblo llena los tendidos de la plaza, bajo el
sol, entre músicas, y, como si asistiera a un espectáculo de raíces religiosas, el
culto del sacrificio que representaran los dibujos de un vaso clásico griego, repite una
vieja liturgia, donde usted, que asiste por vez primera, puede ser también sacerdote y
oficiante, como si estuviera iniciado en los secretos de una ceremonia secular. Hasta se
olvidará usted del peligro que corre el héroe, el oficiante del rito, en el sacrificio
ritual, en su juego de la suerte y la muerte, porque todo estará absolutamente rodeado de
belleza y de arte. Ningún color desentonará, y habrá un coro, a la manera de la
tragedia griega, que no tiene que ensayar su papel ni su recitado cuando repita su
aprobación del ole . Usted mismo se verá diciendo ole cuando menos lo
imagine, y en ese instante comprenderá por qué tantos quedaron enamorados de la alegría
con que España repite el rito de las clásicas tragedias griegas, en la cultura
mediterránea que sigue representando no como arqueología, sino llena de vida.
Quizá usted
entonces comprenderá la grandeza artística de la armonía de la fiesta y sabrá en ese
momento por qué Hemingway dejó varada la barca del viejo del mar en un cayo de la
Florida y se quedó en el vino y la música de Pamplona. Por qué Picasso fundió todos
los azules de sus arlequines en la silueta grácil de los toreros de sus litografías. Por
qué, en fin, Bizet convirtió en héroe de una historia universal de amor y de celos a un
toreador que, revestido de oro como el sacerdote de una liturgia de arte, enamoraba
a una gitana en la plaza de Sevilla.
El toreo, una filosofía popular
Los toros también
son una filosofía popular española. La lengua coloquial está llena de frases
procedentes de la jerga de los toreros, de los ganaderos, riquísima de comparaciones
populares y de palabras que son metáforas poéticas. En una plaza, el olivo es la
barrera, por la madera de la que suele estar hecha. Los colores de los vestidos de los
toreros se designan con una paleta poética: el blanco es Purísima (por la
Inmaculada Concepción); el púrpura, nazareno; el marrón, tabaco; el
negro, catafalco, etc. La franela es la muleta y el percal es el
capote, por la clase de telas con que están hechos. Cuando un toro es muy difícil de
lidiar, se le llama humorísticamente un regalo. Tocar pelo es cuando el
torero en señal de triunfo, le entregan las orejas del toro por petición del público.
Esta riquísima jerga llena el habla coloquial española: "Pepe cogió el olivo"
es "Pepe salió huyendo"; "Ana no tiene ni medio pase" es "Ana
está intratable"; "Juan viene con las de un miura" es "Juan viene con
muy malas intenciones" (por los toros de la ganadería de Miura), etc. A veces, hasta
en el Parlamento, los políticos usan estas frases coloquiales en sus intervenciones.
El mundo del toro
participa de una filosofía tradicional, que es el saber de los campesinos. Muchos toreros
han pasado por pensadores populares, y sus frases han quedado en la historia. No se olvide
que una dinastía de toreros españoles, los Ortega, tenían el mismo apellido que el
filósofo José Ortega y Gasset. Cuando Rafael Ortega el Gallo fue presentado a su
homónimo a Ortega y Gasset y le dijeron que su ocupación era la de filósofo,
respondió: "Hay gente pá tó" (para todo). El mismo Rafael el Gallo, hermano
de José Gómez Ortega, Gallito, muerto por un toro en Talavera de la Reina, tenía muy
claros los conceptos de una estética popular del toreo: "Clásico es lo que no se
pué hacé mejón" (se puede hacer mejor); "Perfecto es lo que está bien
arrematao" (rematado, terminado". Toreaba una vez El Gallo en La Coruña, en el
extremo noroeste de España, y dijo que se volvía a Sevilla. Le dijeron sus partidarios:
"¿Y ahora se va a ir usted a Sevilla, con lo lejos que está?" A lo que este
torero-filósofo respondió: "No, Sevilla está donde tiene que estar. Lo que está
lejos es esto..." Famosas son frases de toreros como "más cornadas da el
hambre", pero quizá de todas ellas la que refleja más claramente este sentido de la
cultura campesina de la fiesta es la del torero cordobés Rafael El Guerra: "Lo que
no pué sé no pué sé [puede ser] y además es imposible".
"Il miracolo della
Macarena", anterior artículo de Antonio Burgos en "Capital"
