Memoria de Andalucía

        El Mundo de Andalucía, sabado 4 de abril de 1998

 

Los estrenos del Domingo de Ramos

Domingo de Ramos de 1941: la cofradía del Porvenir
Domingo de Ramos de 1941: segunda salida de la Virgen de la Paz, de la cofradía del Porvenir (Foto Artchivo Serrano- Hemeroteca Municipal de Sevilla)

 En torno a las verjas de la plaza de los toros, entre puestos de agua de los que colgaban las frescas tallas de barro que vendía una mujer con un limpísimo, blanco delantal, los pregones:

--- Hay la visera parsó...

Y el muchacho que las vendía llevaba al brazo un rimero de aquellas viseras, que era como medios cartuchos de cartón rosáceo o azulado en los que, en relieve y en negativo, podían leerse textos de periódicos, titulares de noticias atrasadas. Era cartón de estereotipia de la rotativa del diario Sevilla. En el tendido 11, el uno veía a El Pío con una visera donde, con las letras al revés, podía leerse la crónica de José Antonio Blázquez con la goleada del Sevilla C.F. al Zaragoza, y el otro llevaba en la cabeza aquella rosácea cartonera con la portada que ponía unas letras bien gordas sobre Krushev, Kennedy y la crisis de los misiles de Cuba. Todo se aprovechaba. Para civilización del reciclado, la postguerra española de carencias y cartillas de racionamiento. Igual que el cartón de las estereotipias de los periódicos servía para las viseras de los toros, no se tiraba un solo papel de diario o de revista. La trapería era una floreciente industria, con recogida domiciliaria o con entrega en los mostradores de los baratillos:

--- Niño, amarra con una guita esos periódicos viejos que he puesto en la cocina y llévalos a venderlos...

Y allá que íbamos con el mazo de periódicos viejos, a que nos dieran por ellos dos gordas, tres chicas, un real acaso, lo que siempre era una fortuna. Si te daban dos pesetas es que habías llevado un buen paquete. Y para hacer el paquete, no había el menor problema. Guitas siempre sobraban, porque todo se guardaba. En la cocina había siempre un cajón en una mesa en el que encontrábamos un supermercado de aquella obligada cultura del reciclado. Cuando llegaba un paquete, se desliaba la guita con mucho cuidadito y se hacía con ella un ovillito, y era casi como la madeja del escudo de la ciudad que en aquella ciudad de los uniformes llevaban los barrenderos municipales en los cuellos de sus guerreras de dril grisáceo. Del paquete se guardaba todo: la guita, en ese ovillito del No8Do; el papel, muy dobladito, fuera papel de estraza o fuera papel timbrado de una tienda, a otro cajón que iba también; y si había cartones, se guardaban , para venderlos por viejos, cuando se fuera con el mazo de periódicos a aquel chamarilero que todo lo compraba.

Y los tapones de las botellas. Yo no sé para qué, pero botella de tinto de Casa Morales que se acababa en la mesa, tapón que se guardaba. En aquellos cajones de la mesa de la cocina había auténticos tesoros de tapones de corcho. Como se guardaban las puntillas. Por las Pascuas, llegaba quizá una caja de vino que había regalado alguien, o que había tocado en una rifa, que entonces se rifaba de todo, rifaban pollos rifaban pasteles por los vagones de los trenes y en la puerta de Correos donde los mandaderos de los escritorios iban a recoger los paquetes y las cartas de los apartados... Y aquella caja de vino, quizá de la rifa, que llegaba por Navidad, que era una caja de madera, se abría con rito litúrgico. Con un cortafríos, se iban sacando una a una las puntillas con mucho cuidadito, para no doblarlas. Porque las puntillas se guardaban todas. Y si alguna salía torcida con el cortafríos o loa alicates, con un martillo que se enderezaba inmediatamente y quedaba dispuesta para su reutilización. Venían las botellas de coñac y de fino con unas como caperuzas de paja que semejaban capirotes de nazareno, y que era una pena que no sirvieran para nada, quizás para armar con ellas candeladas en la calle en los días de frío... Pero a la caja de madera de vino, de CZ, de Inocente de Valdespino, inmediatamente se le sacaba partido, para guardar todo aquello que atesorábamos como prodigios.

El pescador, y la fruta, lo envolvían en papel del periódico viejo, ah, para esto servían aquellos mazos de periódicos que llevábamos a vender al chamarilero del baratillo... Y todo se compraba. Las mañanas estaban llenas de pregones:

---Las camas viejas, los hierros viejos, los compro...

---Cambio globos por botellas...

Ah, las botellas, qué mundo el de las botellas. Todo frasco o botella se guardaba. En las de tapón ancho se guardaba, quizá, zumo de tomate. Las viejas botellas de fino servían para ir a la tienda de ultramarinos por un tesoro: medio litro de aceite...

--- Niño, llégate a por medio litro de aceite para freír unos huevos...

Se compraba día a día, comida a comida. No había dinero para más que la plaza de aquel mismo día, para el puchero de aquella mañana, para las pescadillas de aquella noche. Todo se reutilizaba. De los trajes del padre nos hacían chaquetitas, volviendo la tela. Por eso la magia de aquella luz, cuando se acercaba aquella fecha y la calle se llenaba de carrozas de Aramburu que traían las sillas de la carrera oficial: "El Domingo de Ramos, el que no estrena, no tiene manos..." Era el único día que se estrenaba, en aquella cultura del obligatorio reciclado del hambre y las carencias. Tardaba nuestra madre en convencernos que salir a ver las cofradías con aquella chaqueta que nos habían hecho con un traje vuelto del padre era realmente un estreno del Domingo de Ramos...

Los capítulos de esta "Memoria de Andalucía" se publican todos los sábados en "El Mundo de Andalucía"


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