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Memoria de Andalucía

                   El Mundo de Andalucía, sabado 18 de abril de 1998

 

Del aviso de conferencia al 9 de Jesulín

Miguel Gila: humor con el teléfono de las demoras y las conferencias
Aunque Gila lo usaba para su humor por la radio, nuestros teléfonos eran lentos, tristes, míseros, como España toda

"Espérate, mamá, que se va a poner el niño, que ya sabe decir ajo..." Y el niño, para caimiento de la baba de la abuela, que vivía en el pueblo y a la que habían llamado por aviso de conferencia, decía ajo por un teléfono cuyo número tenía sólo cinco cifras. Hoy, aquel niño de 1950, de 1955 oye que su nieto le dice, a su vez, el primer ajo, por un teléfono cuyo número tiene nueve cifras. La numeración de los teléfonos también es una forma de memoria. Yo podía evocar ahora medio siglo de vida andaluza por sólo el número de casa. 22184 era el número de Cabalgata Fin de Semana, de la reválida de Cuarto, de los ejercicios espirituales en el colegio, de la ciudad de los tranvías con aquel letrero impensable en la seguridad y la paz de que presumía la dictadura: "Cuidado con los rateros". El teléfono de la infancia es el Veintidós Uno Ochenta y Cuatro, que era como lo pronunciábamos. Luego le pusieron un 2 delante, y era ya Dos Veintidós Uno Ochenta y Cuatro, nunca Veintidós Veintiuno Ochenta y Cuatro, porque aunque ya eran tiempos del acuerdo con los americanos, y de la leche en polvo en los colegios, y del queso color rosa, y de los primeros Seats, y de los autobuses sustituyendo a los tranvías, y de reválida de Sexto, y de los cursillos de Cristiandad, y de Radio Vida, y del Dúo Dinámico, seguíamos pensando en el viejo 22184 de carcaza metálica y cordón forrado de tela, que se enrollaba y no había forma de desliarlo, por descontado que negro y `por supuesto que de pared, eso de los teléfonos de sobremesa nada más que salía en las películas americanas, y los teléfonos blancos, en las españolas de amor y lujo que querían imitar a las de Hollywood con un Jorge Mistral que siempre era joven y una Conchita Montes que nunca envejecía.

Luego, ya en la Facultad, vino el 4 delante de toda aquella ristra, y ya el teléfono era de baquelita, aunque siempre negro, y siempre en la pared, pero seguíamos nombrándolo familiarmente de la misma forma. El viejo 22184 era como el vagón de los recuerdos familiares a los que Telefónica le iba poniendo delante locomotoras del progreso en forma de prefijos, que cuando estudiamos Gramática con don Francisco López Estrada, lo de los sufijos sí sonaba a estructuralismo, pero nadie nos quitaba de la cabeza el negro teléfono de la calle Sánchez Bedoya cuando explicaban los prefijos.

El teléfono era mágico. Hasta un signo externo de riqueza. Le oí más de una vez a Conchichi Ribelles decir en el periódico:

--- ¿Pero cómo voy a poner esa petición de mano que me has traído, si me mirado el apellido de los padres de la novia y no tienen ni teléfono?

Ah, teléfonos de cinco cifras, signos de posesión del bienestar en una Andalucía hambrienta... O de cuatro cifras. En la gaditana plaza de San Juan de Dios, un azulejo todavía pregona los cuatro número del teléfono de la parada de taxis. Se tenía el teléfono como el lujo que era. El teléfono era como un adorno más del comedor, junto a la radio Marconi y, quizá, la primera nevera eléctrica, que cuando llegaba se ponía naturalmente en el comedor, para que las visitas vieran que teníamos nevera electroautomática Westinghouse, ¿cómo se iba a poner una cosa tan lujosa en la cocina? Hablar con Madrid era un rito. Qué lástima que se haya perdido la palabra, tan bella: conferencia. La conferencia era eso que ahora se denomina con la cursilería de llamada interurbana. Cuando llamabas por conferencia parecía que te quemaba el teléfono, siempre la voz de la madre:

--- Niño, corta ya, que es conferencia...

La conferencia se pedía. Entonces todo se solicitaba. Los cupos de cemento, los coches Seat, los pisos del Sindicato. Llamabas al 009 y salía la voz de la operadora:

--- ¿Qué población desea?

Las conferencias eran muy anticentralistas. Aunque casi todas las conferencias eran con Madrid, Madrid era para la Compañía Telefónica Nacional de España cuanto es en realidad: una población. Eso se llama poner las cosas en su sitio. Y Barcelona, nada, otra población. Como Cazalla. Siempre había demora con Cazalla o con Madrid:

--- Cazalla tiene demora. Cuelgue, que enseguida le llamaremos.

Para las telefonistas enseguida equivalía, según los casos, a tres horas o cuatro, hasta que sonaba el ansiado timbre y otra vez la voz desagradable y metálica:

--- A ver, su conferencia con Cazalla, hable...

Y eso que decían que Sevilla, como Jerez, habían sido privilegiadas, al tener teléfono automático antes que nadie. Sevilla, por la Exposición Iberoamericana y Jerez, porque contaban que el dictador Primo de Rivera se llevó a su ciudad la centralita que había atendido al certamen de 1929. Aunque Gila hacía humor con el teléfono en Radio Madrid, de la Sociedad Española de Radiodifusión, y aún estábamos en la mitología imperial del teléfono de Moscardó en el Alcázar de Toledo, nuestros teléfonos eran lentos, tristes, míseros, como España toda. Tan tristes como aquellas esperas en los locutorios de los pueblos, cuando los que ya estaban en Alemania llamaban a su familia, que el día antes habían recibido un aviso de conferencia. Un breve papelito amarillo donde Telefónica decía que el sábado, a las 5 de la tarde, Ana Jiménez iba a ser llamada al locutorio del pueblo por su hijo Pepe desde Dusseldolrf...

Los capítulos de esta "Memoria de Andalucía" se publican todos los sábados en "El Mundo de Andalucía"


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