"Conectamos con Radio Nacional de España
para que escuchen el diario hablado..." Y sonaban después las diez de la noche en el
reloj de la Puerta del Sol, y entonces no sabíamos que justamente debajo de donde estaba
sonando aquel reloj de la Puerta del Sol, en los sótanos de la Dirección General de
Seguridad, había unos calabozos que hacían verdad la letra del cante que habíamos oído
por la tarde, en aquella misma radio de baquelita, en el disco dedicado del programa del
oyente:
- Veinticinco calabozos
- tiene la cárcel de Utrera,
- veinticuatro traigo andaos,
- el más oscuro me quea...
Y nos quedábamos
dormidos, en la duermevela del parte y del comentario internacional por Pedro Gómez
Aparicio, y de la crónica de fútbol por Enrique Mariñas, y de la reseña del festejo de
San Fermín por Manuel Campos de España, tan tranquilos, pensando que aquello era lo más
natural del mundo, que en todos sitios había aquella tristeza de las diez de la noche,
cuando ya habían tocado ánimas en la parroquia y la casa quedaba más a oscuras todavía
que cuando estaba iluminada por aquellas bombillas de filamento incandescente, tan
sombrías, que daban tanta penita como La primera comunión de Juanito Valderrama:
- Y en el quicio de la puerta
- estamos su madre y yo...
Claro que a la mañana
llegaba al barrio la alegría de los pregones. No acababa de pasar el de las camas
viejas, los hierros viejos, los compro, cuando llegaba el de los repápalos,
repápalos calentitos. Nuestro barrio tenía la ventaja de que, como la ciudad toda,
tenía dos caras. Por la una daba a la avenida, a la Catedral, a la iglesia del Sagrario,
a los tranvías de los Hotelitos del Guadalquivir, a los desfiles de la Falange, cuando
los flechas volvían de los pinares de Oromana en los atardeceres de domingo, y la gente
aún paseaba por las aceras, no teníamos dinero, no teníamos más aquella tristeza del
parte de las diez de la noche, pero paseábamos por las aceras de aquella parte del barrio
que daba a una gran capital. Y por la otra parte, el barrio daba a uno de esos pueblos
interiores que hay en la ciudad. Un pequeño pueblo de mercerías, de alpargaterías, de
quincallas, de tiendas de loza, de droguerías, de ferreterías, de abacerías de
garbanzos remojados para el puchero. Un barrio oloroso a cal y arena húmeda del polvero,
a talabarterías en la guarnicionería donde hacían las monturas a los caballos de Pepe
Anastasio el rejoneador. La ciudad tenía olores medievales, olores primitivos en aquella
parte del barrio que, por la otra cara de la avenida, y de la Catedral, era como un
pueblecito que hubiera bajado de los Alcores o del Aljarafe en un autobús de Los
Amarillos, de Casal, de la Empresa Jiménez, del Rápido Algeciras.
Parecían pocos aquellos
olores, que eran la gloria pura del paraíso de la infancia. Qué afición a las colonias
y a los jabones de olor... Los escaparates del barrio estaban llenos de frascos de
colonias. Era una maravilla el escaparate de la mercería de Alejandro del Campo, en la
calle de la Mar, el que vendía medias de cristal y relojes más baratos que en Tánger.
Escaparates de frascos con nombres apasionantes: Flores del Campo, Maja, Jardines de
España... Vidriadas ánforas del Instituto Español. Ninguno como Maderas de Oriente.
Tenía dentro un trozo de madera flotando. Madera de Oriente, como los Reyes Magos. Pero
aquella colonia era para verla en los escaparates. A nosotros nos echaban colonia a
granel. Íbamos a comprarla a la mercería de Conde, que tenía unos grandes frascos con
un grifito, o enormes botellas con la colonia que buscaban. Era una rara alquimia de
aquellos embudos de cristal con el que la colonia llenaba de olores las estanterías de
carretes de la Dalia, de botones de nácar para la chaquetilla blanca de flamenco, de
aquellas peponas de cartón colgadas en el techo, esperando otra Cabalgata y otros Reyes
Magos. El dueño de la mercería se calaba las gafas de cerca y vertía de unos frascos y
de otros extrañas combinaciones sabias:
--- Verás cómo ésta huele a
Maderas de Oriente...
Pero, ay, no tenía dentro el
palito de sándalo del escaparate de Alejandro del Campo... La que nos ponían era
lavanda, mucha lavanda después del baño del sábado en el inmenso lebrillo de cinc, con
las ollas del agua calentada en los hornillos de carbón de cok de la cocina económica.
La que de verdad olía era la que vendía Dieguito, el mariquita que iba por las casas y
por los corrales de vecinos vendiendo perfumes y jabones de olor. Con Dieguito sí que
podíamos oler las colonias. Metía una larga, plateada, mágica aguja en los frascos,
para que tomara el perfume, y la dejaba oler a las clientas. A veces, también a los
niños:
--Toma, para que veas lo bien
que va a oler tu madre...
El inolvidable olor de todas
las madres estaba en aquellas agujas plateadas que Dieguito entraba y sacaba en aquellos
frascos, con presteza mayor que Conde el de la mercería con sus embudos de vidrio y sus
alquimias entre gruesas de botones. Y los pregones del mariquita del canasto de las
colonias y los jabones de olor, que olían casi como aquella bata de florecitas de la
madre, como la almohada de la cama grande donde la madre nos dejaba irnos a dormir las
noches que había relámpagos y teníamos miedo:
--- ¡La colonia y los jabones
de olor, niñas, los jabones de olor...!
Al fin y al cabo, la memoria
siempre se escribe en el papel de un jabón de olor, donde quizá pone Mirurgia,
España.