Diario El Mundo

Memoria de Andalucía

 Antonio Burgos

El Mundo de Andalucía,   sábado 9 de mayo de 1998


El que vende el jabón de olor

Una droguería de barrio

Parecían pocos aquellos olores, que eran la gloria pura del paraíso de la infancia. Qué afición a las colonias y a los jabones de olor... Los escaparates del barrio estaban llenos de frascos de colonias.

"Conectamos con Radio Nacional de España para que escuchen el diario hablado..." Y sonaban después las diez de la noche en el reloj de la Puerta del Sol, y entonces no sabíamos que justamente debajo de donde estaba sonando aquel reloj de la Puerta del Sol, en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, había unos calabozos que hacían verdad la letra del cante que habíamos oído por la tarde, en aquella misma radio de baquelita, en el disco dedicado del programa del oyente:

Veinticinco calabozos
tiene la cárcel de Utrera,
veinticuatro traigo andaos,
el más oscuro me quea...

Y nos quedábamos dormidos, en la duermevela del parte y del comentario internacional por Pedro Gómez Aparicio, y de la crónica de fútbol por Enrique Mariñas, y de la reseña del festejo de San Fermín por Manuel Campos de España, tan tranquilos, pensando que aquello era lo más natural del mundo, que en todos sitios había aquella tristeza de las diez de la noche, cuando ya habían tocado ánimas en la parroquia y la casa quedaba más a oscuras todavía que cuando estaba iluminada por aquellas bombillas de filamento incandescente, tan sombrías, que daban tanta penita como La primera comunión de Juanito Valderrama:

Y en el quicio de la puerta
estamos su madre y yo...

Claro que a la mañana llegaba al barrio la alegría de los pregones. No acababa de pasar el de las camas viejas, los hierros viejos, los compro, cuando llegaba el de los repápalos, repápalos calentitos. Nuestro barrio tenía la ventaja de que, como la ciudad toda, tenía dos caras. Por la una daba a la avenida, a la Catedral, a la iglesia del Sagrario, a los tranvías de los Hotelitos del Guadalquivir, a los desfiles de la Falange, cuando los flechas volvían de los pinares de Oromana en los atardeceres de domingo, y la gente aún paseaba por las aceras, no teníamos dinero, no teníamos más aquella tristeza del parte de las diez de la noche, pero paseábamos por las aceras de aquella parte del barrio que daba a una gran capital. Y por la otra parte, el barrio daba a uno de esos pueblos interiores que hay en la ciudad. Un pequeño pueblo de mercerías, de alpargaterías, de quincallas, de tiendas de loza, de droguerías, de ferreterías, de abacerías de garbanzos remojados para el puchero. Un barrio oloroso a cal y arena húmeda del polvero, a talabarterías en la guarnicionería donde hacían las monturas a los caballos de Pepe Anastasio el rejoneador. La ciudad tenía olores medievales, olores primitivos en aquella parte del barrio que, por la otra cara de la avenida, y de la Catedral, era como un pueblecito que hubiera bajado de los Alcores o del Aljarafe en un autobús de Los Amarillos, de Casal, de la Empresa Jiménez, del Rápido Algeciras.

Parecían pocos aquellos olores, que eran la gloria pura del paraíso de la infancia. Qué afición a las colonias y a los jabones de olor... Los escaparates del barrio estaban llenos de frascos de colonias. Era una maravilla el escaparate de la mercería de Alejandro del Campo, en la calle de la Mar, el que vendía medias de cristal y relojes más baratos que en Tánger. Escaparates de frascos con nombres apasionantes: Flores del Campo, Maja, Jardines de España... Vidriadas ánforas del Instituto Español. Ninguno como Maderas de Oriente. Tenía dentro un trozo de madera flotando. Madera de Oriente, como los Reyes Magos. Pero aquella colonia era para verla en los escaparates. A nosotros nos echaban colonia a granel. Íbamos a comprarla a la mercería de Conde, que tenía unos grandes frascos con un grifito, o enormes botellas con la colonia que buscaban. Era una rara alquimia de aquellos embudos de cristal con el que la colonia llenaba de olores las estanterías de carretes de la Dalia, de botones de nácar para la chaquetilla blanca de flamenco, de aquellas peponas de cartón colgadas en el techo, esperando otra Cabalgata y otros Reyes Magos. El dueño de la mercería se calaba las gafas de cerca y vertía de unos frascos y de otros extrañas combinaciones sabias:

--- Verás cómo ésta huele a Maderas de Oriente...

Pero, ay, no tenía dentro el palito de sándalo del escaparate de Alejandro del Campo... La que nos ponían era lavanda, mucha lavanda después del baño del sábado en el inmenso lebrillo de cinc, con las ollas del agua calentada en los hornillos de carbón de cok de la cocina económica. La que de verdad olía era la que vendía Dieguito, el mariquita que iba por las casas y por los corrales de vecinos vendiendo perfumes y jabones de olor. Con Dieguito sí que podíamos oler las colonias. Metía una larga, plateada, mágica aguja en los frascos, para que tomara el perfume, y la dejaba oler a las clientas. A veces, también a los niños:

--Toma, para que veas lo bien que va a oler tu madre...

El inolvidable olor de todas las madres estaba en aquellas agujas plateadas que Dieguito entraba y sacaba en aquellos frascos, con presteza mayor que Conde el de la mercería con sus embudos de vidrio y sus alquimias entre gruesas de botones. Y los pregones del mariquita del canasto de las colonias y los jabones de olor, que olían casi como aquella bata de florecitas de la madre, como la almohada de la cama grande donde la madre nos dejaba irnos a dormir las noches que había relámpagos y teníamos miedo:

--- ¡La colonia y los jabones de olor, niñas, los jabones de olor...!

Al fin y al cabo, la memoria siempre se escribe en el papel de un jabón de olor, donde quizá pone Mirurgia, España.

 


El Mundo, edición íntegra en Internet

 

   


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