Diario El Mundo

Memoria de Andalucía

 Antonio Burgos

El Mundo de Andalucía,   sábado 16 de mayo de 1998


La talega del cosario

La "estación de Córdoba", antes del Ave

La "estación de Córdoba", en la Plaza de Armas de Sevilla

¿Y cómo explico yo ahora lo que era una talega? Lo que dice María Moliner no me sirve, y eso que María Moliner se hartaría de ver talegas, de usar talegas. María Moliner dice que la talega es un saco grande de tela fuerte, empleado para envasar y transportar cosas, pero eso no es una talega, María Moliner ha confundido las talegas con los costales donde se llevaban el trigo de la era cuando ya lo habían aventado con el bieldo y cernido la parva con el cedazo... Una talega no era nada de eso. Una talega era un objeto cotidiano y familiar, una delicada bolsa de tela hecha en casa, con un pasacintas para cerrarla, con las iniciales de la familia bordadas en punto de cruz. La talega era lo que hoy se dice "multiusos". Cuanto ahora se hace con las bolsas de plástico de la compra en Continente o en Pryca, entonces con la talega. La talega servía para guardar el pan, siempre detrás de una puerta, siempre en una alcayata, la talega era mucho de la alcayata, y del postiguillo de la ventana, y de la cal de las paredes de la cocina. En los días de mayo de las Primeras Comuniones, a costa de la talega hacíamos la broma de aquellos versitos que recitaba una niña en la ceremonia colegial del mes de las flores:

Como soy tan chiriquitta
y no llego hasta el altar,
pero sí adonde mi madre
tié la talega del pan...

Pan que era tan eucarístico y reverencial que había que besarlo en cuanto se caía al suelo:

--- Niño, bésalo, que el pan es de Dios...

La talega servía para todo. Una talega se llevaba en el tren, con la comida, cuando nos íbamos de veraneo, y en una talega nos mandaban al colegio mayor las maternales provisiones de latas de leche condensada y tabletas de chocolate. La talega de la merienda venía todas las tardes con nosotros al colegio, rezumando la mantequilla que empapaba las rodajas de salchichón o el dulzor del bloque de carne de membrillo, medio Puente Genil se ha comido nuestra generación dentro de un bollo o un viena en las meriendas de las talegas colegiales.

En lo único que lleva razón María Moliner cuando describe la talega es cuando dice que servía para transportar cosas. Y el que transportaba cosas, naturalmente, era, como su mismo nombre indicaba el cosario. No había pueblo que no tuviera su cosario, incluso los pueblos grandecitos tenían dos. Siempre desde el pueblo a la capital, aunque había algunos sitios tan avanzados que hasta tenían cosario a Madrid. El ramo para la novia, el corte de traje para el que se iba a tomar de dichos, el certificado de penales, la receta de don Fernando el médico, todo se mandaba por el cosario. Cosarios que sólo los más avanzados y florecientes tenían sus medios propios de transporte. El cosario, habitualmente, iba en el tren, yendo y viniendo en el día, pegándose unos madrugones de muerte para coger el ómnibus o el carreta y regresando al pueblo al atardecer. No tenía tampoco oficina estable en la capital. El cosario paraba. Paraba en un parador, en una fonda, en el velador de un bar a veces.

-- Niña, ¿dónde para el cosario de Antequera?

Y te decían el nombre de aquella fonda, de aquella pensión. En la que estaba el cosario o estaba un ayudante, porque el hombre se pasaba medio día en el tren, que voy y que vengo, o en el autobús de líneas, cosarios de La Estellesa, de La Alsina, de Los Portillos, de Los Amarillos... El cosario era, un poco, embajador del pueblo en la capital. El sitio donde parase tenía un tanto de embajada, y hasta la extraterritorialidad de que gozan las representaciones diplomáticas. La gente de los pueblos que vivía en la capital gustaba de ir a veces donde el cosario, más que a llevar el mandado que les ocupara, a preguntar nuevas del pueblo:

-- Manolo, ¿y tú sabes si ya tuvo el niño Josefita la del Colorao?

-- ¿La que se casó con el niño de Media Arroba? No, no lo ha tenido todavía, pero me han dicho que ya está cumplida...

Y era un trozo e la vida del pueblo en la adversidad sin nombres y sin motes de la capital. El cosario, en aquellas talegas familiares, talegas maternales, talegas con iniciales en punto de cruz, traía y llevaba nada más y nada menos que la vida. Cuando al internado llegaba el cosario con las talegas de la ropa limpia, era como si entrara por las puertas del colegio un trozo de la casa, las losas del corredor, el empedrado de los pasos que llevaban hasta el corral y el postigo de la calleja... Talegas con chorizo de la matanza, talegas con las camisetas de felpa para que el soldado no pase frío en las dianas de Cerro Muriano, talegas con los libros de Química de Manolo, que aprobó Cuarto y que este año le sirven al más chico, talegas viajeras, cofres de tela con los tesoros del cariño, con el calor de la familia.

Ahora los cosarios hasta reniegan del nombre, con las hambres que los chorizos de sus talegas quitaron, con las ilusiones que levantaron sus cortes de traje para tomarse los dichos. Los he buscado en las páginas amarillas de los teléfonos y los he encontrado como Mensajeros. No son mensajeros, no pueden ser mensajeros, los pocos cosarios que resisten, trayendo y llevando recuerdos de talegas. El motorista de Seur, por muchos cursos de márquetin que haya hecho, no podrá decirte nunca si ha tenido ya el niño Josefita la del Colorao, la que hace menos de ocho meses que se casó con el más chico de los de Media Arroba...

 


El Mundo, edición íntegra en Internet

 

   


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