Vienen los aficionados celebrando el triunfo de
su equipo, suenan las bocinas de los coches, cruzan las calles sus gritos rítmicos y
corales, y traen toda suerte de prendas con sus colores, bufandas, gorros, camisetas,
banderas... Ay, si nosotros hubiéramos cogido como equipación de nuestros humildes
partidos de pelota del barrio lo cualquiera de ellos lleva encima... Hasta los gritos de
ánimo de los partidos eran entonces tan pobres y austeros como toda nuestra triste vida
de pan y chocolate. Lo que ahora es coral sinfonía de rimas y ritmos, para nosotros
quedaba en el más que elemental: ¡A la bim, a la bam, a la bim, bom, bam...! Y a
continuación, el equipo de cada cual, como poníamos nuestro nombre cuando en el Ripalda
leíamos aquello de "decid, niño, ¿cómo os llamáis? (Pedro, Juan, Francisco,
etcétera)". En la alabanza de urgencia del alabím, lo mismo se ponía al
final: ...a la bim, bom, bam... El Betis, el Betis, y nadie más... que se podía
poner todo lo contrario: ...a la bim, bom, bam... El Sevilla, el Sevilla, y nadie
más...
Como se podía poner el
Cádiz, el Málaga, el Córdoba, el Granada, la Balona, todos entraban en el alabím.
Todas las divisiones cabían enteras en aquel grito estrictamente multiusos con el que
echamos fuera todas nuestras balompédicas aficiones de Primera y Segunda Enseñanza.
Había hasta sevillanas futboleras, que se cantaban con toná de corraleras, que, la
verdad, eran una mijita palanganas, para qué vamos a engañarnos, aunque queden orladas
por la belleza del recuerdo : El Sevilla y el Betis/ van de porfìa/ de quien lleva a
la novia/mejor vestía.../ Sevilla gana/ porque lleva a la novia/ vestía de grana./ Y el
Betis pierde/ porque lleva a la novia/ vestía de verde...
Cuando en el patio del Cuarto
Grupo del Retiro Obrero, tardes sin colegio de los jueves, echábamos pies para elegir a
los jugadores, cada cual podía ser cuanto se imaginaba: Arza, Peñafuerte, Araujo...
Siempre había uno con pujos de Eizaguirre o de Encinas, de Escartín o de Doctor Toba,
con aficiones de seleccionador, que era el que echaba pies para elegir a su conjunto.
Carlitos López, que su padre era ventanillero del Banco Español de Crédito, era nuestro
seleccionador. Claro que siempre cogía primero a Paco Cuadrado, el pintor, y a Manolo su
hermano, porque daban leña, rascas, que se decía, y eran muy combativo ante las
dos piedras de la avenida de Miraflores que marcaban la portería contraria sobre la
fachada del cuarto portal del Grupo, hasta la altura de la ventana, si da más alta de la
ventana no es gol, eso no vale, nota, no hagáis tranfullas... Un partido duraba toda la
eternidad de una tarde, hasta la hora de la merienda o del programa de Diego Valor,
piloto del futuro, que no nos perdíamos uno, con las aventuras del Mekón, que venía
luego en unos tebeos y tenía la misma cara de mala leche, toda verde, que nos
imaginábamos cuando lo escuchábamos por la radio. Ya quisieran los presidentes de ahora
para sus clubes los tanteos de aquellas tardes sin colegio. Ganábamos por 24-6, o
perdíamos por 17-5. Eran tanteos como de baloncesto, y demasiado, con aquellas pelotas de
goma, que había que tener cuidado antes de que viniera el municipal, también dicho queo
o guindilla, según las comarcas, y que en Sevilla, por los veranos, eran los
ideales, porque tenían un uniforme de crudillo de igual color que el caldo de gallina
(vulgo Ideales) que vendían en el estanco. Yo no sé la inquina que le tenían los
municipales a nuestro fútbol. El mérito de Gordillo es que llegara a futbolista a pesar
de cómo los guardias del Polígono, en cuanto veían una pelota de un partido de los
chiquillos, la cogían y la rajaban con una navaja que los muy malasangres llevaban sólo
y exclusivamente para esto, para dar por saco a la cantera y que nadie pudiera salir del
hambre fichando por los juveniles del Sevilla, que era el sueño de todos. No sé cómo
llegaron a salir tan grandes jugadores con tan escasos medios. Nosotros éramos unos
privilegiados, porque jugábamos con pelota de goma, pero los había que la tenían que
hacer de trapo. Claro que, andando los años, fuimos mejorando, hasta llegar al prodigio
del balón... ¡de badana! A alguien del barrio le traían los Reyes un balón de badana y
el patio era ya directamenbte Maracaná... No de cuero, los balones de cuero, vamos, de
material, ni se conocían, Balones de badana, con su correílla, con sus gajos y hasta
con su bimba para inflarlos, no una bimba niquelada como la de la bicicleta, sino una
bimba que parecía una jeringa de hacer calentitos... El que llegaba con el balón de
badana era elegido, naturalmente, el primero cuando Carlitos López echaba pies para
elegir el equipo:
--- Paquito es mú
malo, ¿por què lo has cogido?
--- Porque ha traído el
balón de badana y nos lo empresta, ¿te parece poco?
Había que tener mucho cuidado
en pegarle con la cabeza al balón, porque aunque fuera de badana, si te cogía con la
correílla, te echaba la frente abajo. Y había que darle con mucho cuidadito, de
punterazos, nada, que Paquito se quejaba de que se le sacaban lascas a la badana. Así, de
un punterazo, marqué el único gol que me he anotado en mi nada brillante carrera
futbolística. Igual que Gordillo llegó a internacional, mi carrera terminó aquella
misma tarde de jueves. El punterazo de mi gol medio estropeó dos gajos de la badana y
Paquito, que era muy melindroso, se llevó su balón. Y no lo bajó más al patio del
cuarto bloque del Retiro Obrero, donde Paco Cuadrado el pintor daba aquellas rascas
avanzando contra los contrarios de la Calle Central o de la calle Gumersindo Azcárate.