Diario El Mundo

Memoria de Andalucía

 Antonio Burgos

El Mundo de Andalucía,   sábado 23 de mayo de 1998


Fútbol con un balón de badana

El internacional Rafael Gordillo, con la camiseta del Betis

El mérito de Gordillo es que llegara a futbolista a pesar de cómo los guardias del Polígono, en cuanto veían una pelota de un partido de los chiquillos, la cogían y la rajaban con una navaja...

Vienen los aficionados celebrando el triunfo de su equipo, suenan las bocinas de los coches, cruzan las calles sus gritos rítmicos y corales, y traen toda suerte de prendas con sus colores, bufandas, gorros, camisetas, banderas... Ay, si nosotros hubiéramos cogido como equipación de nuestros humildes partidos de pelota del barrio lo cualquiera de ellos lleva encima... Hasta los gritos de ánimo de los partidos eran entonces tan pobres y austeros como toda nuestra triste vida de pan y chocolate. Lo que ahora es coral sinfonía de rimas y ritmos, para nosotros quedaba en el más que elemental: ¡A la bim, a la bam, a la bim, bom, bam...! Y a continuación, el equipo de cada cual, como poníamos nuestro nombre cuando en el Ripalda leíamos aquello de "decid, niño, ¿cómo os llamáis? (Pedro, Juan, Francisco, etcétera)". En la alabanza de urgencia del alabím, lo mismo se ponía al final: ...a la bim, bom, bam... El Betis, el Betis, y nadie más... que se podía poner todo lo contrario: ...a la bim, bom, bam... El Sevilla, el Sevilla, y nadie más...

Como se podía poner el Cádiz, el Málaga, el Córdoba, el Granada, la Balona, todos entraban en el alabím. Todas las divisiones cabían enteras en aquel grito estrictamente multiusos con el que echamos fuera todas nuestras balompédicas aficiones de Primera y Segunda Enseñanza. Había hasta sevillanas futboleras, que se cantaban con toná de corraleras, que, la verdad, eran una mijita palanganas, para qué vamos a engañarnos, aunque queden orladas por la belleza del recuerdo : El Sevilla y el Betis/ van de porfìa/ de quien lleva a la novia/mejor vestía.../ Sevilla gana/ porque lleva a la novia/ vestía de grana./ Y el Betis pierde/ porque lleva a la novia/ vestía de verde...

Cuando en el patio del Cuarto Grupo del Retiro Obrero, tardes sin colegio de los jueves, echábamos pies para elegir a los jugadores, cada cual podía ser cuanto se imaginaba: Arza, Peñafuerte, Araujo... Siempre había uno con pujos de Eizaguirre o de Encinas, de Escartín o de Doctor Toba, con aficiones de seleccionador, que era el que echaba pies para elegir a su conjunto. Carlitos López, que su padre era ventanillero del Banco Español de Crédito, era nuestro seleccionador. Claro que siempre cogía primero a Paco Cuadrado, el pintor, y a Manolo su hermano, porque daban leña, rascas, que se decía, y eran muy combativo ante las dos piedras de la avenida de Miraflores que marcaban la portería contraria sobre la fachada del cuarto portal del Grupo, hasta la altura de la ventana, si da más alta de la ventana no es gol, eso no vale, nota, no hagáis tranfullas... Un partido duraba toda la eternidad de una tarde, hasta la hora de la merienda o del programa de Diego Valor, piloto del futuro, que no nos perdíamos uno, con las aventuras del Mekón, que venía luego en unos tebeos y tenía la misma cara de mala leche, toda verde, que nos imaginábamos cuando lo escuchábamos por la radio. Ya quisieran los presidentes de ahora para sus clubes los tanteos de aquellas tardes sin colegio. Ganábamos por 24-6, o perdíamos por 17-5. Eran tanteos como de baloncesto, y demasiado, con aquellas pelotas de goma, que había que tener cuidado antes de que viniera el municipal, también dicho queo o guindilla, según las comarcas, y que en Sevilla, por los veranos, eran los ideales, porque tenían un uniforme de crudillo de igual color que el caldo de gallina (vulgo Ideales) que vendían en el estanco. Yo no sé la inquina que le tenían los municipales a nuestro fútbol. El mérito de Gordillo es que llegara a futbolista a pesar de cómo los guardias del Polígono, en cuanto veían una pelota de un partido de los chiquillos, la cogían y la rajaban con una navaja que los muy malasangres llevaban sólo y exclusivamente para esto, para dar por saco a la cantera y que nadie pudiera salir del hambre fichando por los juveniles del Sevilla, que era el sueño de todos. No sé cómo llegaron a salir tan grandes jugadores con tan escasos medios. Nosotros éramos unos privilegiados, porque jugábamos con pelota de goma, pero los había que la tenían que hacer de trapo. Claro que, andando los años, fuimos mejorando, hasta llegar al prodigio del balón... ¡de badana! A alguien del barrio le traían los Reyes un balón de badana y el patio era ya directamenbte Maracaná... No de cuero, los balones de cuero, vamos, de material, ni se conocían, Balones de badana, con su correílla, con sus gajos y hasta con su bimba para inflarlos, no una bimba niquelada como la de la bicicleta, sino una bimba que parecía una jeringa de hacer calentitos... El que llegaba con el balón de badana era elegido, naturalmente, el primero cuando Carlitos López echaba pies para elegir el equipo:

--- Paquito es malo, ¿por què lo has cogido?

--- Porque ha traído el balón de badana y nos lo empresta, ¿te parece poco?

Había que tener mucho cuidado en pegarle con la cabeza al balón, porque aunque fuera de badana, si te cogía con la correílla, te echaba la frente abajo. Y había que darle con mucho cuidadito, de punterazos, nada, que Paquito se quejaba de que se le sacaban lascas a la badana. Así, de un punterazo, marqué el único gol que me he anotado en mi nada brillante carrera futbolística. Igual que Gordillo llegó a internacional, mi carrera terminó aquella misma tarde de jueves. El punterazo de mi gol medio estropeó dos gajos de la badana y Paquito, que era muy melindroso, se llevó su balón. Y no lo bajó más al patio del cuarto bloque del Retiro Obrero, donde Paco Cuadrado el pintor daba aquellas rascas avanzando contra los contrarios de la Calle Central o de la calle Gumersindo Azcárate.

 


El Mundo, edición íntegra en Internet

 

   


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