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Esto
del supremo principio constitucional de la libertad religiosa es
magnífico. Como hubo un tiempo en que Peret dejó la rumba y
ejerció de pastor evangélico, ahora Penélope Cruz se ha hecho
budista, aparte de novia de Tom Cruise, ese actor que es
talmente Rivera Ordóñez sin traje de luces. Lo que ha hecho
Penélope Cruz es lo que me pide a mí el cuerpo, cuando veo que
ésta es la hora en que la Conferencia Episcopal no ha suscrito
aún el Pacto Antiterrorista: hacerme budista. A lo mejor lo que
le ha ocurrido a Penélope Cruz es que se ha leído las
homilías completas de monseñor Setién y, claro, así
cualquiera sale huyendo de una fe donde hay algunos obispos que
te dicen que eso del "no matarás" es según y cómo.
Que yo sepa, ningún monje budista de las Vascongadas se ha
negado hasta ahora a oficiar los funerales por un ciudadano
asesinado por la ETA.
Pero debe de haber mucha gente como Penélope Cruz en
España. Se han hecho budistas sin que nos enteremos. Y no
budistas de infantería, sino budistas con los cuatro votos
perpetuos, monjes budistas, bonzos pelones. De otra forma no me
explico tantas cabezas rapadas. Aquí hay una revolución
capilar importante. Las barbas, como toda la vida de Dios, han
pasado a ser algo del siglo pasado. En buena parte del siglo XX
fueron algo propio del XIX, y llegados al XXI son del siglo
anterior. Llevas aún barba y te conviertes un poco en
antepasado de ti mismo: se te pone cara de tío-abuelo en la
pintura de un retrato oscuro, heredado y malísimo, que se
coloca en un rincón. Con lo que la barba, que era de personas
de orden, vuelve a lo que siempre fue. Ya sólo llevan barba los
ministros de la derecha, como en la Restauración. El orden
constituido es siempre una barba, llámese Sagasta o llámese
Mariano Rajoy.
Lo que ahora priva es la cabeza rapada. Como la barba
decimonónica se hizo progre en Mayo del 68, la cabeza rapada de
los neonazis ha pasado a signo de modernidad, incorporada a la
Constitución. Iban antes con cabeza rapada los Ultrasur y ahora
son los novelistas, los catedráticos de Telecos, los "proyect
managers", quienes muestran su pelado al cero. Relucen los
cráneos como si por la modernidad hubieran pasado tribus
enteras de indios tonsuradores de caballeras. A algunos, hasta
se le traslucen las ideas globalizadas y multimediáticas.
Tenemos una dualidad histórico-capilar única: por un lado,
señores de orden con barba, que es como contemplar el siglo
pasado, y por el otro, legiones de ejecutivos vestidos de negro
riguroso con la cabeza completamente rapada, bonzos pelones de
nuestro tiempo, que te permiten instalarte en el futuro. No hace
falta esperar cien años para comprobar que ahora mismo, por la
moda, todos calvos.
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