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El Recuadro   

 Antonio Burgos
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El Mundo,  viernes 17 de octubre del 2003

  ¿QUIÉN HACE ESTO?    Abel Infanzón de hoynewchico.gif (899 bytes)          


ANTONIO BURGOS | EL RECUADRO


Una vida, cinco vidas

En la batalla de la carretera se sigue escribiendo cada fin de semana la sentencia de Herodoto: "En tiempo de paz los hijos entierran a sus padres mientras en la guerra los padres entierran a los hijos". Lo he visto una vez más. En esta guerra sorda, que la tenemos al lado y creemos tan lejana como un conflicto del cuerno de Africa, yo he visto a Juan Ignacio y a Beatriz enterrar a su hijo José María. Tengo todavía el corazón en un puño, sin querer responder a las preguntas que una amiga hacía: "¿Cómo va a entrar esa madre en el cuarto donde aquella noche ya no llegó su hijo a dormir? ¿Cómo va a apagar quizá el ordenador que dejó encendido, con sus cosas de la Universidad?"

José María venía con cuatro amigos, no de madrugada ni de botellona, sino a las doce de la noche, por una carretera de curvas, hacia su casa. Diez minutos antes había hablado con su madre, que estaba fuera: "Seguramente yo llegaré a casa antes que tú". Nunca llegó. El coche se despeñó, se abrieron las puertas, el muchacho salió despedido, se dio un golpe. "Clínicamente muerto", les dijeron a los padres cuando llegaron al hospital donde lo habían llevado. Y aquí vino la grandeza oculta de esta guerra, lo que nunca dicen los titulares de los periódicos: la batalla de la solidaridad en el dolor. La vida, ya inviable, de aquel muchacho yacente en el hospital, podía salvar muchas otras vidas. A Juan Ignacio y a Beatriz les propusieron que autorizaran la donación de los órganos de su hijo y no lo dudaron.

Esto se dice muy pronto, pero es terrible. Tienen los médicos que apagar aquella vida clínicamente muerta, que hacer pruebas sobre compatibilidades de tejidos. Horas y horas de más dolor de unos padres en la puerta del hospital, aquella mañana tan hosca, que yo los vi. Llorar. Pero se les adivinaba su sentimiento. De aquella muerte, ay, ya tan cercana, mientras seguían y seguían con las pruebas, estaba surgiendo la vida. Muchas vidas. Fuimos después al cementerio, en un silencio que sólo quebraban los altos pájaros. Sus compañeros de colegio llevaban muerto a José María. ¿Muerto o vivo? Si tenemos fe en que hay vida después de la muerte, allí estaba la certeza. Después de la muerte de José María, gracias a la entereza y solidaridad de sus padres, hay vida en una niña a la que daban horas si no le trasplantaban un riñón, vida en un hombre que ahora tendrá un corazón joven para seguir amando a sus hijos. Vida detrás de las lágrimas de la muerte. Detrás de aquella vida se abrían cinco vidas...


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