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En
la batalla de la carretera se sigue escribiendo cada fin de
semana la sentencia de Herodoto: "En tiempo de paz los
hijos entierran a sus padres mientras en la guerra los padres
entierran a los hijos". Lo he visto una vez más. En esta
guerra sorda, que la tenemos al lado y creemos tan lejana como
un conflicto del cuerno de Africa, yo he visto a Juan Ignacio y
a Beatriz enterrar a su hijo José María. Tengo todavía el
corazón en un puño, sin querer responder a las preguntas que
una amiga hacía: "¿Cómo va a entrar esa madre en el
cuarto donde aquella noche ya no llegó su hijo a dormir?
¿Cómo va a apagar quizá el ordenador que dejó encendido, con
sus cosas de la Universidad?"
José María venía con cuatro
amigos, no de madrugada ni de botellona, sino a las doce de la
noche, por una carretera de curvas, hacia su casa. Diez minutos
antes había hablado con su madre, que estaba fuera:
"Seguramente yo llegaré a casa antes que tú". Nunca
llegó. El coche se despeñó, se abrieron las puertas, el
muchacho salió despedido, se dio un golpe. "Clínicamente
muerto", les dijeron a los padres cuando llegaron al
hospital donde lo habían llevado. Y aquí vino la grandeza
oculta de esta guerra, lo que nunca dicen los titulares de los
periódicos: la batalla de la solidaridad en el dolor. La vida,
ya inviable, de aquel muchacho yacente en el hospital, podía
salvar muchas otras vidas. A Juan Ignacio y a Beatriz les
propusieron que autorizaran la donación de los órganos de su
hijo y no lo dudaron.
Esto se dice muy pronto, pero
es terrible. Tienen los médicos que apagar aquella vida
clínicamente muerta, que hacer pruebas sobre compatibilidades
de tejidos. Horas y horas de más dolor de unos padres en la
puerta del hospital, aquella mañana tan hosca, que yo los vi.
Llorar. Pero se les adivinaba su sentimiento. De aquella muerte,
ay, ya tan cercana, mientras seguían y seguían con las
pruebas, estaba surgiendo la vida. Muchas vidas. Fuimos después
al cementerio, en un silencio que sólo quebraban los altos
pájaros. Sus compañeros de colegio llevaban muerto a José
María. ¿Muerto o vivo? Si tenemos fe en que hay vida después
de la muerte, allí estaba la certeza. Después de la muerte de
José María, gracias a la entereza y solidaridad de sus padres,
hay vida en una niña a la que daban horas si no le
trasplantaban un riñón, vida en un hombre que ahora tendrá un
corazón joven para seguir amando a sus hijos. Vida detrás de
las lágrimas de la muerte. Detrás de aquella vida se abrían
cinco vidas...
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