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Era
como cuando en el cine de barrio se cortaba la cinta de puro
vieja y se interrumpía la historia. Eran las 7,40 y Televisión
Española cortaba en su cine de barrio la proyección de la
película "Me has hecho perder el juicio". Se
interrumpía la Historia, esta vez con mayúsculas. Hay veces en
que la parrilla de programación la carga el diablo y ayer tarde
fue una de ellas. Donde estábamos viendo a Paca Gabaldón, que
era la que había hecho perder el juicio a Manolo Escobar,
salió Leticia Ortiz, que es la que... (continúe cada cual la
frase y la proyección de la cinta a su libre albedrío). Lo que
presentaron como avance informativo se trataba en realidad del
avance de la perfecta "matrioshka" mediática en la
burbuja televisiva en la que vivimos, hecho que ocurrió a las 9
de la noche: comunicaron oficialmente en la segunda edición del
telediario la gran satisfacción de los Reyes al anunciar el
compromiso del Príncipe de Asturias con la presentadora de la
segunda edición del telediario. Por poco no lo anuncia ella
misma.
A los cuatro gatos que seguimos
creyendo en la Monarquía por razones históricas, culturales y
estéticas y que hubiéramos preferido tener que buscar la
biografía de la futura Reina de España en el Gotha y no en la
Agenda de la Comunicación, nos queda el consuelo de que al
menos se han salvado los viejos muebles de la magia de la Institución.
No sé si a esos muebles tradicionales de la magia de la
institución se les ha dado una mano de barniz o es que
sencillamente han sido sustituidos por otros, funcionales, de
Ikea, y hasta puede que les encanten a la España del
juancarlismo. Nuestro error quizá consista en aferrarnos,
Constitución en mano, a la idea del Rey como "legítimo
heredero de la dinastía histórica". Nuestro error es
pensar que el Príncipe de Asturias es el nieto de Don Juan de
Borbón, cuando es, fundamentalmente, el hijo y heredero de Don
Juan Carlos I. Quien, cierto, tras la abdicación de Don Juan
recibió la herencia de la legitimidad histórica. Quizá sólo
hasta aquel 23 de febrero en que un golpe de Estado puso en
peligro las libertades del Reino. Desde aquella noche, Don Juan
Carlos I es tan cabeza de estirpe de la Monarquía Hispánica,,
como el Conde Fernán González. De otra Monarquía: la
parlamentaria, la constitucional. La posible. La llaman
juancarlismo. Es, en el fondo, el posibilismo de la Historia,
una Corona sin monárquicos, un Reino de votantes republicanos,
donde no se corre, al menos hasta ahora, de que España se
despierte tricolor.
En los fundamentos de la nueva
planta de la Institución, Televisión Española fue
fundamental. Don Juan Carlos aquella noche del 23, con su
mensaje por TVE, hizo a los españoles si no monárquicos, sí
al menos defensores del utilitarismo de la Corona. La
televisión fue pieza clave para la Monarquía aquella noche del
mensaje del 23-F, como lo sigue siendo cada día, cuando vemos
las lágrimas del Rey en el entierro de su madre o el dolor de
la Reina al abrazar a los huérfanos de un accidente o de un
atentado asesino. Nada más lógico, pues, que la institución
siga por esta línea de sucesión en la Monarquía Mediática.
Si, gracias a la televisión, en el 23-F Don Juan Carlos empezó
a ser verdaderamente el Rey de Todos los Españoles que soñaron
Don Alfonso XIII en su manifiesto "Al País" y Don
Juan de Borbón en su patriótica abdicación tras una vida de
renuncias, ¿qué mejor que una presentadora de telediarios como
novia del Príncipe de Asturias y futura Reina de España? Si
viviera Rafael de León, que era marqués y más monárquico que
una dalia del parque de los Montpensier, diría quizá que la
boda es la reescritura de un romance del siglo XIX al comienzo
del siglo XXI. "Que son los niños primos hermanos" o
que la novia la conocemos de haber estado entrando todas estas
noches en la salita de casa, ¿no acaso es el mismo trasfondo,
puesto al día, del romance popular, magia al fin y al cabo? En
esta sociedad mediática, ya verán cómo se contarán por miles
los claveles que le echarán camino de la Almudena, en una
historia de amor (que se escribe sin hache de Historia), que
tiene todos los ingredientes del populismo que exige la sociedad
de mercado en este mundo global del que la propia Institución
forma parte. Una boda como programada por quienes hacen las
parrillas pensando en la aceptación de la audiencia. Una real
historia rosa de amores reales no podía quedar fuera de la
inmensa burbuja mediática que vive España. Más que de cuento
de hadas, boda de burbuja televisiva coronada.
A los que por vieja lealtad a
la Institución tendremos que rendir un día (quiera Dios que
muy lejano) pleito-homenaje a Doña Leticia como Reina de
España, en esta burbuja televisiva coronada nos queda un
inmenso gozo: junto a la popularidad mediática que ahora
tendrá la Corona, el suspiro que hemos dado al saber que
nuestra futura Reina es una dignísima presentadora de
telediario y no una tertuliana de las crónicas que riman. Que
también hubiera podido ocurrir.
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