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Hay
una zarzuela que se titula "El Rey que rabió". Si la
zarzuela está pasada de moda, ni les cuento lo desfasada que
está esa obra. Porque hablando de Zarzuela, con mayúscula, la
que está en la cartelera y alcanza ya los siete mil millones de
representaciones (y lo digo sin exagerar), en funciones de
tardes de aperturas de sesión en el Congreso y de noches de
parar los golpes de Estado, es una obra que se debe de titular
algo así como "El Rey que ríe". Que ríe y que se
ríe. Hasta de su sombra. Lo que más gracia le hace al Rey es
un chiste sobre el Rey. Y le encanta contar chistes. Hasta
chistes sobre su propia Familia. En la biografía que hice de
Curro Romero en primera persona cuento cómo cuando Francisco
Romero fue el torero que acompañó a Su Majestad en la barrera
de costumbre de la Corrida de la Prensa, el Rey le
dijo:<FP>
-- Curro, ¿sabes el chiste que
cuentan sobre ti y mi madre?
El chiste era aquel que decía
que la Condesa de Barcelona tenía la cabeza siempre inclinada
de tanto responder con un gesto cuando le preguntaban cómo
había estado su Curro de su alma en las tardes de almohadillas.
Romero, naturalmente, no sólo sabía el chiste, sino hasta
quien lo había inventado: el genial Miguel el Potra. Pero,
hombre largo de saberes de la cultura agraria española, le dijo
al Rey que no lo sabía, para darse el gustazo de oír al Rey un
chiste taurino sobre su egregia madre. En aquella barrera de Las
Ventas, Don Juan Carlos fue el Rey que tragó. Que tragó con
que Curro no se sabía el chiste. Y se lo contó enterito. Las
verdaderas risas vinieron luego, cuando Su Majestad supo cómo
el torero se había quedado con él.
Borboneo se llama la figura.
Hay también una línea de sucesión en el sentido del humor de
los Borbones. La línea que viene del casticismo de Alfonso XII,
del humor cruzado matrimonialmente en británico de Alfonso
XIII, de la simpatía rompedora de Don Juan de Borbón. Don Juan
Carlos tiene esa simpatía y ese sentido del humor que le viene
de cuna. Y lo acrecienta. Porque tiene la otra sangre, la de la
rama de Borbón-Dos Sicilias, sangre sevillana de Doña María
de las Mercedes con el sentido del humor de la Ciudad de la
Gracia.
A poco que haya quien le siga
la corriente y entre al trapo, le encanta quedarse con la gente,
como hizo con él Curro en Las Ventas. En los fastos sevillanos
de la Exposición de 1992, recibía el Rey a una legacía
mexicana y en la charleta simpática salió el asunto del tapeo
en Sevilla. Los mexicanos querían tomar buenas tapas. Y como la
recepción era en el Ayuntamiento, el Rey les dijo:
-- Pues si queréis una tapas
buenas de verdad, id ahí detrás de esta plaza, a un sitio que
se llama Casablanca y veréis qué tapas más buenas. Decid que
vais de parte mía...
Fueron los mexicanos, se
pusieron como el Quico en versión del Indio Fernández y a la
tarde, cuando volvieron a encontrarse a Su Majestad, tras
agradecerle la recomendación gastronómica y hacerle el debido
elogio del tapeo recibido, le preguntaron que cómo los había
mandado allí. Y el Rey, muy solemne, con la seriedad con que
dicen las cosas los que verdaderamente tiene gracia, les dijo a
los mexicanos su camelo:
-- Os he enviado allí porque
es donde yo mando a todos mis recomendados. ¿Y sabéis por
qué? Porque luego, por las Pascuas, el dueño tiene un detalle
conmigo...
En su cultura de la mordida y
ajenos al sentido del humor de Don Juan Carlos, para mi que los
mexicanos se fueron a la Nueva España creyendo firmemente que
el Rey de la actual España se deja corromper por la cesta que
cada Navidad le envía un tabernero de estos Reinos de la
Andalucía.
Otra vez había yo escrito una
serie de artículos por el plan antiguo, diciendo que en
función de la Historia y la tradición, el Rey debería usar
más el Palacio de la Plaza de Oriente, ay, dolor, e incluso
vivir allí, en vez de en La Zarzuela, que al fin y al cabo era
como un chalé de La Moraleja coronado, pero chalé buenecito,
que no Palacio. Y en la inmediata recepción en Palacio del Día
de Cervantes, terminadas las copas y las bandejas, cuando Sus
Majestades ya se iban y estábamos allí esperando para
despedirlo, me vio Don Juan Carlos y con toda la guasa sevillana
con que lo podría decir su madre Doña María, al verme
exclamó:
-- Ea, Burgos, ahí que me voy
ya para el chalé...
Lo que he dicho de la otra
línea de sucesión, la gracia sevillana de la Condesa de
Barcelona, la tiene en todo su sentido de la improvisación. Por
eso sabe como nadie saltarse el protocolo con un gesto de humor.
Inaugurando la línea del Ave a Aragón y Cataluña, el
presidente de Renfe, protocolariamente, le entregó a pie de
vagón de preferente el billete del trayecto. Y ni corto ni
perezoso, Don Juan Carlos hizo como se echaba mano a la cartera
para pagárselo. ¿Qué es eso? Humor. Humor por parte de madre,
como aquella tarde que Doña María fue a ver a Curro, y Curro
estuvo para los leones, y el romero que llevaban sus partidarios
se lo terminaron echando a otro torero. Y cuando una dama le
hizo ver que los laureles de gloria de su Romero se lo echaban a
otro torero, Doña María dijo muy seria, como podía haber
dicho su hijo:
-- Hija, no es romero lo que le
tiran a ese otro torero... ¿Tú no ves que son jaramagos?
Y sabe el Rey usar como nadie
el humor como la más secreta arma de destrucción masiva. En
estos días me he acordado mucho de otro lance en Palacio. Fue
otro Día de Cervantes, otra recepción a los escritores, otra
despedida. Estábamos Isabel mi mujer y yo para dar la cabezada
final, cuando Don Juan Carlos, con una cara de guasa espantosa,
se vino muy derecho hacia nosotros y, señalándome a mí con
toda ironía, le dijo a Isabel, con un guiño:
-- Ten muchísimo cuidado con
éste, porque es más monárquico que yo...
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