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En
los tiempos que corren hay veces en que es muy necesario del
reconocimiento de lo obvio. Y como era cuestión de vela, nada
más lógico que la Copa América 2007 se la haya llevado
Valencia. ¡Qué saltos de alegría pegaban todos! Era como en
anteriores ocasiones en que una ciudad española logra ser
designada como sede de una Exposición Universal, unos Juegos de
Invierno, un Mundial Ecuestre o un Campeonato de Parchís por
Parejas, pero a lo grande. Sólo faltaban el calvo y las calles
años 40 para que pareciera el anuncio de la Lotería de
Navidad. La alcaldesa, como suelen los agraciados en esos casos,
dijo que el gordo estaba muy repartido: que serán creados
10.000 puestos de trabajo en los próximos cuatro años, que
vendrán 10 millones de visitantes y que se dejarán 1.500
millones de euros "en la tierra de las flores y de Rita
Barberá", como cantaba el difunto valenciano Tip. Y una
frase que es el necesario reconocimiento de la obviedad: "A
toda vela navega ya Valencia". Le pone música el director
de una de las setenta mil bandas que hay en Valencia, lo canta
Francisco y tenemos una nueva versión del pasodoble
"Valencia".
A la copla de Rita Barberá le
sobra una sílaba: lo de "ya". Valencia navega a toda
vela hace muchos años. Desde que con los fastos de la Expo de
Sevilla se olvidara la gente de que Valencia era y es la tercera
ciudad española en demografía, en pujanza económica, en
iniciativas. Ciudades de las Ciencias y las Artes y puentes de
Calatrava al margen, hay un empuje en dos ciudades
mediterráneas españolas, Málaga y Valencia, que no es
suficientemente destacado desde este centralismo opinativo e
informativo que sigue existiendo a pesar de las autonomías.
Al empujón valenciano le
encuentro una explicación, a la luz de Sevilla. ¿Cuándo dio
Sevilla el estirón? Pues cuando en las tres administraciones
(la nacional, la autonómica y la local) remaba el mismo partido
en la misma dirección, sin que nadie hiciera la ciaboga:
González en la Moncloa, Chaves en la Junta y Valle en la
alcaldía. Valencia está recogiendo desde 1996 los frutos del
valor añadido de que el mismo partido, el PP, gobierne en
Madrid, en la Comunidad Autónoma y en el Ayuntamiento, y que
todos pongan la vela al mismo viento. Si Rita Barberá tuviera
en su autonomía a un Bono o a un Ibarra haciéndole la
oposición desde la presidencia regional, otros vientos hubieran
soplado en las velas de Valencia. Porque seguramente les
habrían rajado todo el trapo de los mástiles, como les pasa a
tantos y tantos alcaldes con las otras dos administraciones en
manos de sus adversarios políticos.
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