El Mundo, extra campaña electoral generales de marzo de 1996 |
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Javier Arenas: el hecho diferencial andaluz en Madrid
Javier Arenas Bocanegra, sevillano de una familia oriunda de Olvera (Cádiz), 39 años.
Abogado y funcionario de Cultura en excedencia. Está casado con Macarena, hija del
profesor y ex comisario de la Expo-92, Manuel Olivencia. Padre de dos hijos. Llegó al PP
desde la UCD de Manuel Clavero y el PDP de Oscar Alzaga. Ha sido concejal, diputado
autonómico y diputado a Cortes por Sevilla.
De la novedad del Gobierno de Aznar creo que habla bastante claro que han hecho ministro a
un niño. Para muchos, Javier Arenas Bocanegra sigue siendo "El Niño Arenas".
Aunque "El Niño Arenas" ya no sea tan niño. Pues anda que no tiene tiros dados
el presunto niño... Oficialmente dejó de ser "El Niño" aproximadamente en la
primavera de 1990, cuando Aznar fue a Sevilla a ganar su silla de presidente del PP y a
refundar el partido. Aquel día, el público estaba formado por los restos del naufragio
del franquismo que habían integrado Alianza Popular. Antiguos concejales de la dictadura,
riquitos de pueblo de toda la vida, las derechas locales de media Andalucía, lo que se
entiende por gente de orden, aquellos que no entendían al alcalde, por muy democrático
que fuera, sin el párroco y el comandante de puesto de la Guardia Civil al lado, y
detrás de la Patrona en procesión.
A muchos que ahora irán a preguntar al ministro "¿qué hay de lo mío?",
Arenas, que entonces era todavía Javierito, les parecía un rojo de mucho cuidado. Había
estado en la UCD, había dimitido, lagarto, lagarto, cuando Clavero trató de evitar el
error, inmenso error de Suárez al negar a Andalucía la autonomía plena por el artículo
151, cuando el lamentable Lauren Postigo le puso la voz a la antigua farsa al grito de
andaluz, "éste no es tu referéndum". Para Arenas, aquel sí había sido su
referéndum, cosa que en la derecha de toda la vida ni le olvidaban ni le perdonaban.
Alianza Popular sacaba por aquellos entonces mayoría absoluta en el Club Pineda de
Sevilla, en el Club Náutico de Cádiz y en el Club Mediterráneo de Málaga, y Arenas
traía la idea de que así no se podía derrotar al PSOE.
Empezó entonces un trabajo de relojería, que fue desmontar el viejo partido de la
derecha y hacer del PP en Andalucía algo que recordara al antiguo centro. En más de una
sede tuvo que mandar descolgar el retrato de Franco y poner el del Rey. Tanto empezó a
brillar, que se lo llevaron a Madrid, a la calle Génova, de vice-casi-todo y responsable
de campaña. Canto de sirena de ida y vuelta. A Arenas en Madrid no se le había perdido
nada y al PP en Andalucía se le había perdido bastante. Regresó entonces a todo lo suyo
de batirse el cobre contra el partido de Juan Guerra a pie de cortijo. Pian, piandito, el
PP fue avanzando.
En las municipales consiguió que el PSOE perdiera el buque insignia de la Alcaldía de
Sevilla en vísperas del triunfalismo felipista de la Expo, pactando con un Rojas Marcos
que por entonces aún no quería ser Samaranch cuando fuera mayor ni se dedicaba a esa
tontería de la candidatura olímpica del 2004. Otras elecciones municipales más
vinieron, y Arenas consiguió que todos los ayuntamientos de las capitales andaluzas
fueran para el PP. Vuelco luego en el Parlamento regional, pinza con IU, y los socialistas
con el trasero de la mayoría al aire, sin conseguir aprobar siquiera los presupuestos.
Luego vendría la gran pérdida andaluza del 3 marzo de 1993, cuando Arenas perdió
incluso un diputado de los que tenía en el Parlamento regional. Si en toda España el
doberman había funcionado para que la derrota del PSOE no fuera Waterloo, en Andalucía
había guardado de tal modo las lindes del cortijo socialista que Javier Arenas quedó,
aproximadamente, como Napoleón en Bailén, corrido por los garrochistas del PER.
Arenas tiene labia, simpatía, desparpajo y hasta la dosis homeopática de poca vergüenza
necesaria para hacer política en España. En Madrid le han funcionado muy bien siempre
estas cualidades. Arenas pone al PP en Madrid esa parte de hecho diferencial andaluzæ que
tan bien funciona en la Corte. De un gobierno de sevillanos como fue inicialmente el del
PSOE no se podía directamente borrar del mapa a los hispalenses. Arenas de ministro es la
metadona de sevillanismo en el Gobierno del PP, para que no haya síndrome de abstinencia
tras el desahucio del anterior huésped sevillano de La Moncloa.