Qué envidia, la mayoría absoluta de los 300
votos de Bush...
Martes, 23 de enero del 2001
Los americanos están en Rota, y ahora quieren
ampliar la base por la altura. Como quieran, se quedan con Rota
y con
tó Cádiz, la Catedral, la Viña y el Mentidero, y verán que
no exagero si digo que no se hartan. No se hartan porque se
saben primera potencia mundial y quieren que se note. No son la
primera potencia por casualidad. El poder, para el que lo
trabaja. Y los americanos se trabajan el poderío desde la base,
no la de Rota, sino esa base social que orgullosamente saca la
bandera de las barras y estrellas a la ventana el 4 de julio o
se lleva la mano al pecho, como para que no le quiten la
cartera, al oír el himno nacional. Aquí, en cambio, somos una
potencia industrial, un país fuerte de Europa, un paraíso para
subsaharianos de pateras y ecuatorianos de huerta murciana, y no
nos lo acabamos de creer, por mucho que Aznar diga que esto va
de cine aun sin globo de oro de Javier Bardem y por más que
prometa diez años más de lo mismo, pero más recargado de
bombo y platillo.
Los americanos están donde están y nosotros
donde podemos y nos merecemos. ¿Se imaginan que Aznar hubiera
llegado al poder por sólo 300 votos de diferencia, y tras un
escrutinio con un olor a puchero que ni un caldito de hueso a lo
Villalobos? Los americanos, en la jura de Bush como presidente,
han sacado la vieja Biblia de Washington para pasar página del
lamentable escrutinio a ojímetro en Florida. Y acto seguido,
Bush se ha puesto a pisar callos, que gobernar es pisar callos
sin pedir perdón. Me dan envidia los americanos. Bush ha
entrado en la Casa Blanca quitando toda la decoración de
Hillary y poniéndola en tonos pastel, al gusto de Laura, y le
ha echado siete llaves a la bodega, si bebes, no conduzcas el
Imperio, y si lo conduces, no bebas. Ha pedido lápiz y papel y,
hala, a firmar decretazos del tirón, para echar abajo todo lo
de Clinton. Le ha dicho a un propio: apunta, nene, en pensiones,
esto, y en Defensa, lo otro, y en impuestos, así, en
educación, asao, ni un duro para el aborto, y esto es lo que
hay.
Lo admirable es que eso lo hace Bush con sólo
300 votos de diferencia. Es el presidente, y punto, punto com, y
las reclamaciones, al maestro armero, o al primo de Zumosol de
la base de Rota. Aquí, en cambio, con toda una mayoría
absoluta, el pobre de Aznar tiene que pactar con la oposición
hasta a qué hora puede ir al cuarto de baño. Y, encima, como
buen hombre del Sur, Bush tiene tiempo hasta de dormir la
siesta. Lo que más me gusta es que los americanos han elegido a
un presidente que practica el arte de la siesta, no sé si de
butacazo en el Despacho Oval o siesta pijamera y en la cama de
Washington. Aquí tenemos un presidente que ni puede dormir la
siesta. No por nada, sino porque tiene perdido el sueño con
esto de que a cada momento se tenga que hacer perdonar el
gravísimo pecado político de haber sacado la mayoría
absoluta.