El derecho a la libertad de gozar San
Sebastián
Viernes, 3 de marzo del 2001
Cuando no la conocía, tuve durante muchos años
a San Sebastián como un sueño. El San Sebastián sepia de los
veraneos de la Restauración. El San Sebastián tricolor del
Pacto por la República. Aquel "San Sestabién" de la
retaguardia de la guerra civil en las páginas de García
Serrano. El San Sebastián de la resistencia a la dictadura de
Franco que nos llegaba en los versos de Gabriel Celaya. El San
Sebastián industrial de los puestos de cabeza en la
clasificación de la renta per capita. El refinado San
Sebastián que se nos aparecía como un París con paseos por el
Bulevar y un puente de Santa Cristina que disfrazaba de Sena al
Urumea, donde cada año llegaban las estrellas del festival de
cine, escalera de honor que era un Hollywood con chapelas y
espatadanzaris. Soñábamos San Sebastián como soñamos
Venecia, La Habana o tantas ciudades queridas. Hasta que un
día, por fin, llegamos a San Sebastián, a su brisa y a su
pleamar de pelota de La Concha. Paseando por sus calles, oímos
las campanas de la Catedral del Buen Pastor y nos quitamos el
sombrero de ala ancha de las tapas ante la civilización del
pincho, en esos bares del casco viejo. No sin nostalgia, he de
confesar que en San Sebastián fui feliz, entre aquellas gentes,
mañanas de paseos junto a la mar bravía, mediodías de pinchos
en casa de Juanito Kojúa, tardes de cristaleras del bar del
Hotel Londres, escaparates de las tiendas más exquisitas que me
pudiera encontrar.
Por eso, Luis, yo ahora te envidio. Porque
estás en San Sebastián como quisiéramos muchos españoles,
con esa mar de la bahía y con esa isla de Santa Clara siempre
como esperando que llegue un vasco de ser el primero en dar la
vuelta al mundo. Este es el San Sebastián de mis recuerdos, el
de mi nostalgia, la hermosa ciudad del paraíso desde la Belle
Epoque a la modernidad del Kursaal de Moneo. No me interesa el
otro, el de las calles de lluvia y silencio con una pancarta que
pide la paz y la libertad después de una muerte causada de
quienes la niegan. Yo quiero, Luis, un San Sebastián sin
autobuses ardiendo en el bulevar, sin miedo, sin más escoltas
que las gaviotas junto a los barcos del muelle pesquero. Quiero
cuanto antes volver a ese San Sebastián que muchos seguimos
soñando y por eso te envidio, ahora que han aumentado mis
esperanzas, al ver la fecha del 13 de mayo en el almanaque
electoral. Ojalá ese día se nos devuelvan el gozo de unas
calles con alegría en las caras y sin miedo en las almas.
Incluso antes de esa fecha, todos deberíamos hacer lo que has
hecho, Luis, coger carretera y manta para decir a los
donostiarras con nuestra presencia que, hoy, más que nunca,
estamos a su lado por las libertades de una de las más hermosas
ciudades de España, sin que tengamos que pedir perdón por
pronunciar la constitucional palabra España.