Debate
ciudadano, debate del estado de la Nación
Martes, 26 de junio del 2001
Esta vez parece como un examen de junio antes de
las vacaciones, vacaciones en el mar como el maravilloso crucero
desde el que haces hoy el programa, en plan amor y lujo. Hablo
del debate del estado de la nación, ese combate de boxeo
parlamentario, que a mediodía empieza con previsible resultado.
Zapatero debe aprobar su selectividad de junio. Y ocurrirá lo
de siempre. Aznar estará oscuramente brillante y Zapatero,
brillantemente oscuro. Demasiado tendrá Zapatero con demostrar
que el suyo ya no es exactamente el partido del felipismo y que
más que la corrupción, le importan sus futuros votantes. Y
demasiado tendrá Aznar con hacer creíble su esplendor
económico y sus logros sociales, algunos más progresistas que
los que se adjudican la exclusiva del progresismo. Asegura
Zapatero que, si es por él, el debate no irá por un lado y la
preocupación de la calle por otro. Lo dudo. Tiene el debate de
la nación una rara habilidad para ir con el pie cambiado.
Cuando en la calle preocupa el paro, se habla de la convergencia
europea. Cuando en la calle preocupa el terrorismo, se habla del
paro, y así sucesivamente. Cierto que se trata del estado de la
nación, de todos los problemas, y algunos son menos
apasionantes que una carta de ajuste, porque los que angustian
son los inmediatos. Y muy mal tiene que estar la cosa como para
que parezca que el terrorismo ha dejado de ser la primera
preocupación para pasar a otra inquietud doble y relacionada:
la Justicia y la inmigración. Zapatero y Aznar debatirán lo
que quieran a lo en Belén con los pastores, en plan gloria a
Dios en las alturas, pero los hombres de buena voluntad están
demasiado obsesionados por la cercanía del síndrome moldavo
del chalé de Pozuelo y lo que quieren es paz, como siempre, y
ahora además seguridad frente a la delincuencia, nacional o de
importación.
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