Julio
Fuentes y los muertos de la tribu
Miércoles, 21 de noviembre del 2001
Ni riada de La Palma, ni fondos
reservados, ni precio de la gasolina, ni los malnacidos que
jalearon a los asesinos de Martín Carpena. Hoy no cabe la
sonrisa ni la vida puede tener otro nombre que el de la muerte,
cercana para nuestro oficio. A Julio Fuentes el derecho a la
información de sus lectores le pudo más que el instinto de
conservación. Es terrible pensar que Afganistán ha dejado de
ser una escena lejana y rutinaria en el televisor cuando hemos
visto un cajón de madera que traía desde la carretera de
Kabul, en una furgoneta mugrienta, el cuerpo de un periodista
asesinado. Y sobre esas tablas de la muerte, escrito con tiza,
pero con los honores del Pulitzer, el horrible grafitti de su
apellido: Fuentes. La madera con puntillas a medio clavar de ese
cajón espantoso nos dice que hay quien por obtener las
imágenes del dolor y de la injusticia, que la repetición llega
a convertir en rutina del horror, se deja nada menos que la
vida. En lo que va de año, 24 periodistas han muerto por
ejercer su oficio en libertad frente a la injusticia. "Los
medios ponen luz en las guerras", decía Julio Fuentes. Su
muerte ha puesto la suprema luz de la verdad sobre lo que se
estaba convirtiendo, ay, en la rutina de la guerra del
telediario. A la verdad de la libertad de información le
ponemos ahora los nombres de Julio Fuentes, de Juancho
Rodríguez, de Luis Valtueña, de Miguel Gil. O de José Luis
López de la Calle. Para poder seguir escribiendo la palabra en
libertad, los periodistas estamos poniendo los muertos de
nuestra tribu.
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